Memorias de un pavo (Gustavo Adolfo Becquer) Libros Clásicos

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Entreabro los soñolientos ojos, sacudo las plumas y héteme aquí calzado y vestido.
Los primeros rayos de sol bajan resbalando por la falda de los montes, doran el humo que sube en azuladas espirales de las rojas chimeneas del lugar, abrillantan las gotas de rocío escondidas entre el césped y relucen con un inquieto punto de luz en los pequeños cascos de vidrio y loza, de platos y pucheros rotos que, diseminados acá y allá, en el montón de estiércol y basuras a que se dirigen mis pasos, fingen a la distancia una brillante constelación de estrellas.
Allí, ora distraído en la persecución de un insecto que huye, se esconde y torna a aparecer, ora revolviendo con el pico la tierra húmeda, entre cuyos terrones aparece de cuando en cuando una apetitosa simiente, dejo transcurrir todo el espacio de tiempo que media entre el alba y la tarde. Cuando llega ésta, un manso ruidito de aguas corrientes me llama al borde del arroyo próximo donde, al compás de la música del aire, del agua y de las hojas de los álamos, abriendo el abanico de mis oscuras plumas, hago cada idilio a la inocente pava, señora de mis pensamientos, que causarían envidia, a poderlos comprender, no digo a los rústicos gañanes que frecuentan esos contornos, sino a los más pulidos pastores de la propia Galatea.
Repetid esta página tantas veces como días tiene el año y tendréis una exacta idea de la primera parte de mi historia.
La inalterable serenidad de mi vida se ha turbado como el agua de una charca a la que arrojan una piedra.
Una desconocida inquietud se ha apoderado de mi espíritu y ya va de dos veces que me sorprendo pensando.

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