Un lance pesado (Gustavo Adolfo Becquer) Libros Clásicos

Página 2 de 8


La primera y única vez que he llegado a aquel punto no la olvidaré nunca. Hay acontecimientos en la vida tan extraños y horribles que, si cien años viviéramos, los tendríamos siempre tan frescos en la memoria como el día que tuvieron lugar. El que voy a referir es seguramente uno.
Ya hace de esto bastantes años. Yo iba en compañía de un amigo a visitar el antiguo monasterio de Veruela, una magnífica obra de arte que me habían ponderado mucho y que deseaba ver hacía algún tiempo. Salimos al amanecer de un pequeño lugar próximo a Soria, donde me encontraba entonces; atravesamos la sierra del Madero, y, después de una jornada de cuatro o cinco horas, hicimos alto para comer en Ágreda.
El día, que se mantuvo nebuloso hasta cosa de las doce, comenzó a ponerse tan malo que, al llegar a los postres de la comida, me asomé a una de las ventanas de la posada en que habíamos hecho alto, y viendo encapotarse el cielo de nubes oscuras y amenazadoras, de las cuales comenzaban a desprenderse algunas gotas de agua, exclamé, dirigiéndome a mi compañero:
-¿Te parece que hagamos noche aquí?
-Allá veremos cómo se presenta la tarde -me contestó.
Y dando un golpe en la mesa, llamó al muchacho que nos servía e hizo traer una botella más sobre las dos que ya nos habíamos bebido: total, tres. Y hago esta mención del número de botellas, porque si el lector, como en el cuento de Las cabras de Sancho, quiere llevar la cuenta de las que bebimos, tal vez encontrará más natural y verosímil el desenlace de la historia que voy a referirle.

Página 2 de 8
 

Paginas:


Compartir:




Diccionario: