Un lance pesado (Gustavo Adolfo Becquer) Libros Clásicos

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Cuando concluimos con la tercera botella, llovía si Dios tenía qué. Hicimos traer la cuarta, y cuando arrojamos el casco vacío, yo no sé ya si llovía o tronaba; lo que puedo decir es que la habitación se nos andaba alrededor, que bajamos la escalera a trompicones, ensillamos como pudimos y algunos minutos después corríamos a rienda suelta por el camino de Tarazona, sin cuidarnos más de los truenos, el granizo y la lluvia, que de las desazones del gran turco. Y así corrimos sin parar hasta el barranco de la venta.
El agua caía a torrentes, el camino estaba hecho una laguna, y nosotros calados hasta los huesos. Tal vez el frío, el aire que nos había azotado la cara, nuestra crítica situación o todas estas cosas juntas, contribuyeron a despejarnos un poco. Una vez despejados y serenos, conocimos toda la atrocidad de nuestra locura. La noche comenzaba a cerrar, el camino se había puesto intransitable. Tarazona distaba aún más de tres leguas, el arroyo del barranco, crecido con las vertientes, no era ya un arroyo, sino un río.
-¿Qué hacemos? -exclamé yo un poco preocupado y dirigiéndome a mi amigo, que probaba aunque sin éxito a vadear el arroyo.
-No nos queda mucho para escoger -me respondió sin alterarse-: o quedarnos en la venta, o volver a Ágreda, porque, en cuanto al arroyo, no soy yo quien lo vadea esta noche.
Al oírle fijé la vista en la casucha, y sin poderlo remediar me asaltaron la memoria el recuerdo de todos los episodios terribles que acerca de ella me habían referido. Preocupado con estas siniestras ideas, guardé silencio.
-¡Bah! -prosiguió mi amigo-, quedémonos aquí; si nos falta cama, no nos faltará un jarro de vino, y a falta de pan, buenas son tortas.

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