Un lance pesado (Gustavo Adolfo Becquer) Libros Clásicos

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Así diciendo, se apeó del caballo y comenzó a llamar a la puerta de la casa. Le imité, aunque costándome algún trabajo vencer una especie de temor que no expresaba por parecerme no sólo infundado, sino hasta ridículo. Llamamos una, dos, tres, hasta cinco veces, sin que nadie nos contestase. Yo creí oír, sin embargo, el eco de varias voces dentro de la casa, y a través de los mal unidos tableros de la puerta veía el resplandor de la llama del hogar. Volvimos a golpear con más fuerza hasta que, al cabo de mucho tiempo, sentimos el rechinar del cerrojo, se abrió la puerta y apareció el ventero en el dintel.
-Ustedes perdonen, señores -nos dijo con una cara muy afable-; ya hacía rato que oíamos llamar, pero, como corre una cercera tan grande, se nos antojó que el viento movía las puertas.
Mi amigo parecía satisfecho con la explicación; a mí comenzaba por hacerme mal efecto la afabilidad del ventero y su carácter de hombre honrado. Si hubiera tenido trazas de facineroso, tal como yo me lo figuré de antemano en la imaginación, tal vez no me hubiese dado tanto en qué pensar. Entramos en la cocina; mi primer cuidado fue revolver los ojos alrededor buscando las personas cuyas voces había oído desde la puerta. No había en ella más que una muchacha, bien linda por cierto, que atizaba el fuego del hogar, y un gato que dormitaba acurrucado junto a la lumbre. «¿Por dónde ha desaparecido esa gente?», pensé yo, y entre tanto y con el mayor disimulo posible, hería el suelo con el pie para cerciorarme de que no había ninguna trampa. Mientras yo me mantenía silencioso y retraído y el ventero se ocupaba en quitar la silla a nuestros caballos, mi amigo, so pretexto de encender un cigarro, se acercó al hogar, y, después de los cuatro o cinco piropos de costumbre, trabó conversación con la muchacha de la venta.

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