Un lance pesado (Gustavo Adolfo Becquer) Libros Clásicos

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-Buenas noches. Buenas noches... -me dijo en castellano muy claro.
Pero a mí me pareció escuchar aquellos acordes temerosos de la orquesta que acompañan el canto de Sparafucile y oír su voz siniestra que me decía con un acento de horrible sarcasmo:
-Buana notte!
No, y lo que es la noche que el dichoso borgoñón le preparaba a su huésped, después de deseársela tan feliz, no era para envidiada.
Pensando esto, oí crujir las tablas del techo de mi cuarto. Sin duda mi amigo duerme encima y se dispone a meterse en la cama, dije, y apagué la luz y me metí en la mía. El cansancio puede más que las mayores preocupaciones; así que, a pesar de todas mis ideas horribles, me dormí a los cinco minutos como un tronco. No sé cuánto tiempo haría que estaba dormido, cuando entre sueños y de una manera muy confusa, me pareció oír hablar en voz baja cerca de la puerta de mi cuarto. Quise oír lo que decían, pero no me era posible; sólo llegaban a mis oídos palabras sueltas y sin ilación.
No obstante, ya había sorprendido algunas bastantes sospechosas, cuando el murmullo de las voces comenzó a sonar más lejano apagándose por último
Así que el murmullo se apagó del todo, hubo un momento de silencio, transcurrido el cual comencé a oír el crujido de la escalera de caracol que gemía con un ruido imperceptible como si subiesen cautelosamente por ella; después percibí con mucha claridad ruido de pasos sobre el techo que se estremecía de cuando en cuando. Yo no sabía qué partido tomar; me revolcaba en la cama haciendo esfuerzos supremos para levantarme, y parecía que estaba cosido allí o sujeto por una fuerza poderosa.

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