Un lance pesado (Gustavo Adolfo Becquer) Libros Clásicos

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En este estado de exaltación nerviosa hirió mis oídos un grito agudo, y el techo comenzó a temblar conmovido, como si en la habitación se hubiese trabado una espantosa lucha. Oí pisadas fuertes y desiguales, oí rodar muebles; me parecía percibir confusamente imprecaciones ahogadas, y por último un golpe sordo como el de un cuerpo que cae desplomado... ¡Después, silencio...! Unos ayes dolientes que se apagaban poco a poco, y un ruido extraño, leve, compasado, semejante al que produce la péndola de un reloj. ¡Era sangre, sangre que se filtraba por entre los mal unidos maderos del techo y caía gota a gota en mi cuarto! Hice un esfuerzo gigantesco, me incorporé de la cama, me restregué los ojos; tenía la respiración anhelosa, el pecho oprimido.
-¿Será un sueño, una pesadilla horrible? -exclamé palpándome para salir de la duda.
No, desgraciadamente no. Estaba despierto, tan despierto como ahora, y oía, sin embargo, el ruido que producía la sangre al caer, rumor extraño, con un sonido alterno y monótono, semejante al de las gotas de agua que caen en un charco.
Vencí el miedo horrible que me embargaba; salté de la cama a oscuras; cogí a tientas la escopeta y, cerciorándome precipitadamente de que estaba pronto el gatillo, salí a la cocina llamando a voces al ventero. Allí tropecé con dos o tres sillas, volqué la mesa; hice un ruido espantoso, hasta que al fin aparecieron.
La muchacha, medio desnuda y con un candil en la mano por una puerta, y el padre, todo aturdido y en paños menores, por otra. Mi primera insinuación fue echarme la escopeta a la cara y apuntar al ventero. La muchacha al verme comenzó a dar gritos, el padre, más pálido que la cera, se arrinconó en el hogar encomendándose a Dios y creyendo llegada su última hora.

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