Un lance pesado (Gustavo Adolfo Becquer) Libros Clásicos

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-¿Dónde está mi amigo? -le pregunté dos o tres veces sin dejar de apuntarle.
El miedo sin duda no le permitió desplegar los labios; la muchacha, por el contrario, ponía el grito en las nubes; yo, creyendo leer el crimen en la turbación de aquel pobre hombre, no sé lo que hubiera hecho de no aparecer en aquel instante mi compañero de viaje en lo alto de la escalera.
-¡Qué! -exclamé, asombrado, al verle-. ¿No te han muerto?
¡Matarme! -respondió a mi pregunta-. Pues si dormía como un lirón cuando me ha despertado este ruido espantoso.
-Pero -proseguí, de cada vez más confuso-, ¿y los ayes que he oído, la lucha que ha tenido lugar en tu habitación y que he sentido perfectamente?
-¡Habrás soñado! -me interrumpió mi amigo con aire de burla.
-¿Y el ruido de las gotas de...? -continué yo precipitadamente; ese ruido que todavía se oye.
-¡Bah! -se atrevió a decir el ventero, ya repuesto del susto-; eso es que, como la casa es vieja y cae un mar de agua, la habitación se llueve y suenan las goteras.
La escopeta se cayó de mis manos; el suelo parecía que se había abierto a mis pies.
Para dar idea de lo avergonzado que me dejó este ridículo lance, no diré más sino que, al volver a Ágreda desde Tarazona, adonde fuimos al otro día, eché por otro camino y rodeé más de un cuarto de hora por no pasar otra vez por la maldita venta.
El Contemporáneo 15 de marzo, 1863

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