La lucha por la vida II (Pío Baroja) Libros Clásicos

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Eran figuras espantables y monstruosas: viejas encogidas, con los pellejos lacios y los brazos hasta los tobillos; hombres que parecían buitres, chiquillos jorobados y deformes, unos de cabeza muy grande, otros de cabeza muy chica, cuerpos todos sin proporción y armonía.Manuel sospechó si aquella fauna mostruosa sería una broma de Álex; pero el escultor hablaba entusiasmado y explicaba por qué sus figuras no tenían la estúpida corrección académica tan alabada por los imbéciles. Todos eran símbolos.
Después de mostrar sus obras, Álex se sentó en una silla.
-No me dejan trabajar -exclamó con abandono-, y lo siento, no creas que por mí, sino por el arte. Si Alejo Monzón no triunfa, la escultura en Europa retrocede cien años.
Manuel no podía decir lo contrario, y se echó en el sofá a dormir.
Al día siguiente, cuando se despertó, Roberto estaba ya vestido elegantemente y escribiendo en su mesa.
-¿Está usted ya levantado? -le dijo Manuel con asombro.
-Hay que madrugar, amigo -contestó Roberto-. Yo no soy de los que están a lo que salga. No viene la montaña a mí, pues yo voy a la montaña; no hay más remedio.
Manuel no entendió bien lo que quería decir Roberto con esto de la montaña, y desperezándose se levantó del sofá.
Anda -le dijo Roberto-, ve por un café con media tostada.
Salió Manuel y volvió en seguida. Desayunaron los dos.
-¿Quiere usted alguna cosa más? -preguntó Manuel.
-No, nada.
-¿No piensa usted volver hasta la noche?
-No.
-¿Tantas cosas tiene usted que hacer?
-Muchas, ya lo creo. Ahora, después de traducir invariablemente diez páginas, voy a la calle de Serrano a dar una lección de inglés; de aquí tomo el tranvía y marcho al final de la calle de Mendizábal, vuelvo al centro, me meto en la casa editorial y corrijo las pruebas de la traducción.

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