La lucha por la vida II (Pío Baroja) Libros Clásicos

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En medio de aquellos jóvenes, casi todos de una mordacidad venenosa, solían acudir al taller dos tipos que permanecían tranquilos e indiferentes en medio del furor de las discusiones. Uno era ya algo viejo, grave, enjuto; se llamaba don Servando Arzubiaga; el otro, de la mismaedad que Álex, se apellidaba Santín. Don Servando, aunque literato, no tenía vanidad literaria, o si la tenía, era tan honda, tan subterránea, que no se le notaba.
Acudía al taller a distraerse, y fumando cigarrillos solía escuchar los diversos pareceres de unos y otros, sonriendo a las exageraciones, terciando en la conversación con alguna palabra conciliadora.
Bernardo Santín era el más joven de los contertulios indiferentes, no hablaba; le era muy difícil comprender que por una cuestión puramente literaria o artística pudiesen reñir de aquella manera.
Santín era flaco, tenía la cara correcta, la nariz afilada, los ojos tristes, el bigote rubio y la sonrisa insípida. Se pasaba este hombre copiando cuadros en el museo, y cada vez lo hacía peor; pero desde que comenzóa frecuentar el estudio de Álex, las pocas aficiones al trabajo las había perdido por completo.
Una de sus manías era hablar de tú a todo el mundo. A la tercera o cuarta vez de ver a una persona ya la tuteaba.
Los conciliábulos en el estudio de Álex se conoce que no bastaban a los bohemios, porque de noche volvían a reunirse en el café de Lisboa. Manuel, sin ser considerado como uno ú,, ellos, era aceptado en la reunión, aunque sin voz ni voto.
Por lo mismo que no hablaba, se fijaba más en lo que oía.
Eran casi todos ellos de malos instintos y de aviesa intención.

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