La lucha por la vida II (Pío Baroja) Libros Clásicos

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«¿A qué vendrá éste?», se preguntó.
Bernardo saludó a Roberto y se puso a andar a un lado y a otro del estudio.
-Qué temprano vienes. ¿Pasa algo? -dijo Hasting.
-Chico -murmuró Santín, deteniéndose en su paseo-, te tengo que dar una noticia muy seria.
-¿Qué hay?
-Que me caso.
-¡Que te casas tú!
-Sí.
-¿Con quién?
-¡Con quién ha de ser! Con una mujer.
-Me lo figuro. Pero ¿tú estás loco?
-¿Por qué?
-¿Con qué vas a mantener a tu mujer?
-¡Hombre..., algo gano pintando!
-¡Pero qué has de ganar tú! No ganas dos perras gordas.
-Eso te parece a ti... Además, mi novia da lecciones.
-Y piensas vivir a su costa... Vamos, lo comprendo.
-No, no, señor. No pienso vivir a su costa. Voy a poner una fotografía..
-¡Una fotografía! ¿Tú? ¡Si no sabes hacer retratos!
-Nada. Yo no sé nada, según tú. Pues habrá otros más brutos que yo que hagan retratos. No creo que para ser fotógrafo se necesite ser un genio.
-No; pero se necesita saber, y tú no sabes.
-Ya verás, ya verás cómo sé, hombre.
-Además, se necesita dinero.
-El dinero lo tengo.
-¿Quién te lo ha dado?
-Una persona.
-¡Qué suerte tienes, chico!
-Ahí verás.
-¿A que le has sacado ese dinero a tu novia?
-No.
-¡Bah! No me engañes.
-Te digo que no.
-Y yo te digo que sí. ¿Quién te iba a dar el dinero si no? Una persona cualquiera se enteraría primero de tus conocimientos fotográficos, de si habías trabajado en algún taller; exigiría pruebas de tu habilidad.

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