La lucha por la vida II (Pío Baroja) Libros Clásicos

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Sólo una mujer puede creer así, bajo la palabra de uno.
-Es una mujer la que me presta el dinero, pero no es mi novia.
-Bueno. No me vengas con embustes. No creo que habrás venido a contarme unas cuantas bolas.
Roberto, que había dejado de escribir, reanudó su tarea.
Bernardo no contestó y siguió paseando por el cuarto.
-¿Te falta mucho? -preguntó de repente, parándose.
-Dos páginas. Si tienes que decirme algo, te escucho.
-Pues mira, la cuestión es ésta. El dinero, efectivamente, es de mi novia. Ella me lo ofreció. «¿Qué podríamos hacer con esto?», me dijo. Y a mí se me ocurrió el instalar la fotografía. He alquilado un piso tercero con un taller muy hermoso en la calle de Luchana, y tengo que arreglar la casa y la galería... Y la verdad, la galería no sé cómo arreglarla, porque hay que poner cortinas... Pero no sé cómo.
-¡Es raro eso en un fotógrafo, hombre! No saber cómo se arregla una galería.
-Yo sé manejar la máquina.
-Vamos, tú sabes lo que sabe todo el mundo: apuntar, dar al resorte, y lo demás... que lo haga otro.
-No; también sé lo demás.
-¿Sabrías reforzar una placa?
-SI, ya lo creo que lo sabría.
-¿Cómo?
-¿Cómo?... Pues lo vería en un manual.
-¡Qué fotógrafo! Estás engañando a tu novia de una manera miserable.
-Ella lo ha querido. Yo no sabré nada, pero ya aprenderé. Lo que quiero ahora es que escribas a estas dos casas de Alemania que traigo aquí apuntadas pidiendo catálogos de máquinas y de los demás aparatos de fotografía.

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