La lucha por la vida II (Pío Baroja) Libros Clásicos

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El señor de Mingote vio la letra de Manuel y, después de conceder su beneplácito, se embozó en el mantón, dio dos o tres pasos por el cuarto y preguntó a su escribiente:
-¿Dónde íbamos?
-Decíamos -contestó con su gravedad siniestra el amanuense-que el Anís Estrellado Fernández es la salvación.
-¡Ah!, sí; lo recuerdo.
De pronto, el señor Mingote, con voz de trueno, gritó:
-¿Qué es el Anís Estrellado Fernández? Es la salvación, es la vida, es la energía, es la fuerza.
Manuel levantó la cabeza asombrado y vio al agente de negocios con la vista desviada, fija en el techo, que accionaba terriblemente, como amenazando a alguien con su mano derecha armada del junquillo, mientras el escribiente garrapateaba veloz en el papel.
-Es un hecho universalmente reconocido por la ciencia -siguió diciendo Mingote en tono melodramático-que la neurastenia, la astenia, la impotencia, el histerismo y otros muchos desórdenes del sistema nervioso... ¿Qué otras enfermedades cura? -añadió Mingote con su voz natural.
-El raquitismo, la escrófula, la corea...
-Que el raquitismo, la escrófula y otros muchos desórdenes del sistema nervioso...
-Perdone usted -dijo el amanuense-,creo que el raquitismo no es un desorden del sistema nervioso.
-Bueno, pues táchelo usted. ¿Íbamos en el sistema nervioso?
-Sí, señor.
-... y otros desórdenes del sistema nervioso provienen única y exclusivamente de la atonía, del cansancio de las células. Pues bien -y Mingote levantó la voz con nuevos bríos-: el Anís Estrellado Fernández corrige esta atonía; el Anís Estrellado Fernández, excitando la secreción de los jugos del estómago, hace desaparecer esas enfermedades, que envejecen y aniquilan al hombre.
Después de este párrafo, dicho con el mayor entusiasmo y fuego oratorio, Mingote se sacudió con el junquillo los pantalones y murmuró con voz natural:

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