La lucha por la vida II (Pío Baroja) Libros Clásicos

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-Le puede servir a usted para los recados. Sabe escribir bastante bien.
-Nada, nada, que se quede.
-Entonces, mi señora baronesa, hasta uno de estos días, en que traeré los papeles. Señora..., a sus pies.
-¡Ay, qué ceremonioso! ¡Adiós, Mingote! Acompáñale, Manuel.
Fueron los dos hasta la puerta. Allí el agente puso sus dos manos en los hombros del muchacho.
Adiós, hijo mío -le dijo-; que no se te olvide, si alguna vez llegas a ser barón de veras, que todo me lo debes a mí.
-No se me olvidará; descuide usted -contestó Manuel.
-¿Te acordarás siempre de tu protector?
-Siempre.
-Conserva, hijo mío, esa piedad filial; un protector como yo es casi tanto como un padre; es..., iba a decir, el brazo de la providencia... Me siento enternecido... Ya no soy joven. ¿Tienes, por casualidad, algunos cuartos?
-No.
-Es un contratiempo molesto y Mingote, después de hacer un molinete con su bastón, salió de la casa.
Manuel cerró la puerta y volvió al cuarto de puntillas.
-¡Chucha! ¡Chucha! -gritó la baronesa; y al aparecer la mulata que les había abierto la puerta a Mingote y a Manuel, le dijo, señalando a éste, que se hallaba confundido y sin saber qué hacer:
-Mira, éste es el chico.
-¡Jesú! ¡Jesú! -gritó la mulata-. ¡Si es un golfo! ¿Pero qué ocurrencia le ha dado a la señora de traer este granuja a casa?
Manuel, ante un ex abrupto así, aunque dicho con la más melosa y la más lánguida de las pronunciaciones, quedó paralizado.
-Le estás azarando -exclamó la baronesa, riendo a carcajadas.
-Pero su mersé está loca -murmuró la mulata.

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