La lucha por la vida II (Pío Baroja) Libros Clásicos

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Hoy mismo le busco y le traigo aquí. Mientras tanto, arregle usted a Manuel. Que tenga cierto aspecto de colegial. En el tiempo que yo estoy fuera no estaría mal que le enseñara usted algo de la ciencia, las primeras preguntas y respuestas de la doctrina, por ejemplo.
Siguiendo las indicaciones de Mingote, la baronesa ordenó a Manuel que se peinara y se acicalara; luego buscaron para él un traje de marinero y un cuello grande y blanco; pero, por más que le adornaron y le escamondaron, no se consiguió darle un aspecto verosímil de hijo de familia; siempre trascendía a golfo, con sus ojos indiferentes y burlones y la expresión de la sonrisa entre amarga y sarcástica.
A las dos horas Mingote estaba de vuelta en casa de la baronesa, con un hombre negro, de aspecto clerical. El hombre, apellidado Peñalar, habló con gran énfasis; luego, cuando le propuso Mingote el negocio, abandonando el tono enfático, discutió las condiciones del cobro y el tanto por ciento que le correspondería a él.
Vaciló en aceptar el trato por ver si obtenía mayores beneficios; pero viendo que Mingote no cedía, aceptó.
-Ahora mismo que venga el chico conmigo.
Peñalar se cepilló las mangas de la levita negra, se echó el pelo hacia atrás y, tomando de la mano a Manuel, le dijo con un tono verdaderamente evangélico:
-Vamos, hijo mío.
Don Sergio Redondo tenía un almacén de harinas en la plaza del Progreso.
Llegaron a la plaza y entraron en el almacén.
-¿Don Sergio Redondo? -preguntó Peñalar a un viejo de boina.
-No ha bajado aún al despacho.
-Esperaré; dígale que hay aquí un caballero que desea verle.

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