La lucha por la vida II (Pío Baroja) Libros Clásicos

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-Pierden el tiempo los que me insultan -decía tranquilamente-; a sinvergüenza no me gana nadie.
Y tenía razón. A veces se daba cuenta del mal efecto producido por alguna arlequinada suya, y se esforzaba entonces en presentarse como un Roldán o un Cid de la corrección; pero al poco rato por entre su coraza de puntilloso caballero, aparecía la garfa del truhán.
-En cuestiones de honor no admito distingos -decía el hombre cuando se sentía hidalgo-; usted me dirá: «El honor de una martingala». Es verdad. Pero yo tengo esa desgracia: soy caballeresco por temperamento.
Mingote comulgaba en las ideas anárquico-filantrópico-colectivistas; algunas de sus cartas terminaban poniendo: «Salud y Revolución social», lo cual no era obstáculo para que intentase unas veces establecer una casa de préstamos; otras, una casa de citas o algún otro «honrado» comercio por el estilo.
Había hecho aquel ex prestamista una porción de ignominias con los compañeros de la dinamita y del ácido pícrico, sacándoles dinero, ya para dar un golpe y para comprar bombas, ya para escribir un diccionario libertario, en donde él, Mingote, desmenuzaría con su análisis formidable, más formidable que los más furiosos explosivos, todas las ideas tradicionales de esta estúpida sociedad.
Cuando Mingote hablaba de su diccionario, su desdén por la existencia, su mirada de iluminado, su melancólica actitud de hombre no comprendido, todo indicaba al genio de las revoluciones.
En cambio, al contar y especificar sus éxitos de agente de anuncios y de negocios, surgía el hombre moderno, el struggler for life de la almoneda y de la casa de préstamos, de la droguería y de la perfumería.
-Yo -solía decir-hice la almoneda de la Chavito; yo le vendí la cuadra al marqués de Sacro-Cerro y el monte a la vizcondesa.

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