Solamente un eco (Alan Barclay) Libros Clásicos

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Cuando crea que se encuentra a menos de mil millas de la base empiece a mandar
mensajes por el microrradio. No esté todo el tiempo conmutado, envíe un mensaje
y desconecte. Espere diez minutos y envíe otro. Ahora, sobre todo, mucha
tranquilidad. Verifique la velocidad constantemente y llegará en nada de tiempo
a casa.
- Gracias, capitán - dijo Lingard agradecido.
La voz de Stinson, a pesar de ser áspera, había contribuido a elevar su ánimo
considerablemente.
-¿Está escuchando, Lingard? - se oyó la voz de Stínson un momento después> que
ahora era apremiante.
- Seguro.
- Hace un momento vi sobre mi cabeza un destello de ese maldito motor. Parece
que todavía anda rondando. Mientras no acelere> pareceremos en su localizador
unos restos de nuestra nave.
Durante diez minutos Lingard se sintió arrastrado por el espacio. Empleó el
tiempo en tratar de medir la velocidad. Sabía la velocidad y la dirección de la
nave antes que empezase el ataque, pero no tenía ni idea de lo que pudieran
haber avanzado durante el combate y, además que, naturalmente, habría que añadir
una componente adicional de velocidad debido al impulso del aire que lo lanzó
fuera de la nave. El asteroide, aunque era grande, pronto dejaría de verse y la
única pieza de los restos de su nave que podía ver era una andrajosa y retorcida
plancha de duraluminio que parecía colgar sobre su cabeza a unos 200 metros.
-¿Me está usted oyendo, hijito? - sonó la voz de Stinson de un modo extraño y
con un acento como de resignación.
- Sí - respondió Lingard.

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