La Casa Hechizada (Charles Dickens) Libros Clásicos

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a mi alrededor las maravilla de la creación y pensaba en las leyes inmutable
inalterables y armoniosas que las sostenían, la relación espiritual del
caballero me pareció de lo más pobre que podía contemplar este mundo. Y en ese
estado de infiel llegué frente a la casa y me detuve para examinarla
atentamente.
Era una casa solitaria levantada en un jardín tristemente olvidado: un cuadrado
de unos dos acres. Pertenecía a la época de Jorge II; tan rígida, tan fría, tan
formal y tan en mal estado como podría desear el más leal admirador del cuarteto
completo de Jorges. Estaba deshabitada, pero hacía uno o dos años que la habían
reparado, sin gastar mucho dinero, para hacerla habitable; y digo de una manera
barata porque lo habían hecho superficialmente, por lo que aunque los colores se
mantuvieran frescos, la pintura y la escayola se estaban cayendo ya. Un tablero
colgado sobre el muro del jardín, y más inclinado por un lado que por el otro,
anunciaba que «se alquila en condiciones muy razonables, bien amueblada».
Resultaba muy sombría por la proximidad excesiva de los árboles, y en particular
había seis altos álamos delante de las ventanas principales, lo que las volvía
excesivamente melancólicas, pues era evidente que la posición había sido muy mal
elegida.
Era fácil ver que se trataba de una casa evitada; una casa a la que rehuía el
pueblo, hacia el que se desvió mi vista por causa del campanario de una iglesia
situado a menos de un kilómetro; una casa que nadie aceptaría. Y la deducción
natural era que tenía fama de ser una casa encantada.
Ningún período de las veinticuatro horas del día y la noche me resulta tan
solemne como la primera hora de la mañana. Durante el verano suelo levantarme
muy temprano y me dirijo a mi habitación para una jornada de trabajo antes del
desayuno, y en esas ocasiones siempre me impresiona profundamente la quietud y
soledad que me rodea. Además de eso, siempre hay algo terrible en el hecho de
estar rodeado por rostros familiares dormidos, al hacernos pensar que aquellos
que nos son más queridos y que más nos quieren se sienten profundamente
inconscientes de nosotros, en un estado impasible que anticipa esa condición

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