La Casa Hechizada (Charles Dickens) Libros Clásicos

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noche. Puede encontrar que cualquier casa está llena de ruidos hasta llegar a
tener un ruido para cada nervio de su sistema nervioso.
Repito que el contagio de la sospecha y el miedo estaba entre nosotros, y que no
existe ese contagio bajo el cielo. Las mujeres (que tenían todas la nariz en un
estado crónico de excoriación de tanto oler sales) estaban siempre listas y
preparadas para un desmayo, y bien dispuestas a hacerlo a la mínima. Las dos
mayores destacaban a la Chica Extraña en todas las expediciones que se
consideraban muy arriesgadas, y ella establecía siempre la fama de que la
aventura lo había merecido regresando en estado cataléptico. Si después de
oscurecer la cocinera o Streaker subían, sabíamos que acabaríamos por escuchar
un golpe en nuestro techo; y eso sucedía con tanta frecuencia que era como si
andara por la casa un luchador administrando un toque de su arte, una llave que
creo que se llama «el subastador», a toda criada con la que se encontraba.
Era inútil hacer nada. Era inútil asustarse, por el momento y por uno mismo, por
causa de un búho auténtico, y luego enseñar el búho. Era inútil descubrir,
tocando accidentalmente una discordancia en el piano, que Turk siempre aullaba
en determinadas notas y combinaciones. Era en vano ser un Radamanto de las
campanas, y si una desafortunada campana sonaba sin cesar, echarla abajo
inexorablemente y silenciarla. Era en vano dejar que el fuego subiera por las
chimeneas, lanzar antorchas al pozo, entrar furiosamente a la carga en las
habitaciones y habitáculos sospechosos. Cambiamos de servidumbre y la cosa no
mejoró. La nueva escapó, y llegó una tercera sin que mejorara nada. Finalmente,
el cuidado confortable de la casa llegó a estar tan desorganizado y echado a
perder que una noche, abatido, le dije a mi hermana:
-Patty, empiezo a desesperar de que consigamos criados que vengan aquí con
nosotros, y creo que deberíamos abandonar.
Mi hermana, que es una mujer de considerable espíritu, contestó:
-No, John, no abandones. No te des por vencido, John. Hay otro modo.
-¿Y cuál es? -pregunté yo.
John, si no vamos a dejar que nos echen de esta casa, y por ningún motivo lo
vamos a permitir, a ti y a mí nos debe resultar evidente que debemos cuidarnos

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