La Casa Hechizada (Charles Dickens) Libros Clásicos

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campana una noche en la que ésta había roto a sonar; y porque había observado
que siempre que venía él por la tarde para consolar a las criadas luego nos
encontrábamos mucho más fantasmales. Pero no debo ser injusto con Ikey. Tenía
miedo de la casa y creía que estaba hechizada; aun así, estaba seguro de que él
exageraría sobre el aspecto del encantamiento en cuanto tuviera una oportunidad.
El caso de la Chica Extraña era exactamente similar. Recorría la casa en un
estado de auténtico terror, pero mentía monstruosa y voluntariamente e inventaba
muchas de las alarmas que ella misma extendía y producía muchos de los sonidos
que escuchábamos Lo sabía bien porque les había estado vigilando a 1os dos. No
es necesario que explique aquí ese absurdo estado mental; me contento con
observar que ese es del conocimiento general de todo hombre inteligente que
tenga una buena experiencia médica, 1egal o de cualquier otro tipo de
vigilancia; que es un estado mental tan bien establecido y tan común como
cualquier otro con el que están familiarizados los observadores; y que es uno de
los primeros elementos, por encima de todos los demás, del que sospecha
racionalmente; y que se busca estrictamente, separándola, cualquier cuestión de
este tipo
Pero volvamos a nuestro grupo. Lo primero que hicimos cuando estuvimos todos
reunidos fue echar suertes los dormitorios. Hecho eso, y después de que todo
dormitorio, en realidad toda la casa, hubiera sido minuciosamente examinado por
el grupo completo, asignamos las diversas tareas domésticas como si nos
encontráramos entre un grupo de gitanos, o u grupo de regatas, o una partida de
caza o hubiéramos naufragado. Después les conté los rumores concernientes a la
dama encapuchada, el búho y el Amo B junto con otros que habían circulado
todavía con mayor firmeza durante nuestra ocupación de la casa, relativos a una
ridícula y vieja fantasma que subía y bajaba llevando el fantasma de una mesa
redonda; también a un impalpable borrico a quien nadie fu capaz nunca de
capturar. Creo realmente que los sirvientes de abajo se habían comunicado unos a
otros estas ideas de una manera enfermiza, sin transmitirlas en forma de
palabras. Después, solemnemente, nos dijimos unos a otros que no estábamos allí

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