La Casa Hechizada (Charles Dickens) Libros Clásicos

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en el dormitorio del Amo B. Tenía yo el más liso de los rostros y las piernas
más cortas, y había traído a otro ser como yo mismo, también con el más liso de
los rostros y las piernas más cortas, tras una puerta, y le estaba confiando una
proposición de la naturaleza más sorprendente.
La proposición era que deberíamos tener un harén.
El otro ser asintió calurosamente. No tenía la menor noción de respetabilidad,
lo mismo que me pasaba a mí. Era una costumbre de oriente. Era lo habitual del
Califa Haroun Alraschid (¡permítanme por una vez escribir mal el nombre porque
está lleno de fragancias a dulces recuerdos!), su utilización era muy laudable y
de lo más digno de imitación.
-¡Oh, sí! Tengamos un harén -dijo el otro ser dando un salto.
El hecho de que comprendiéramos que debía mantenerlo en secreto ante la señorita
Griffin t debió a que tuviéramos la menor duda con respecto al meritorio
carácter de la institución oriental nos proponíamos importar. Fue porque sabía
que la señorita Griffin estaba tan desprovista de simpatías humanas que era
incapaz de apreciar la grandeza del gran Haroun. Y como la señorita Griffin a
quedar envuelta irremediablemente en el mismo decidimos confiárselo a la
señorita Bule.
Éramos diez personas en el establecimiento señorita Griffin, junto a Hampstead
Ponds; las damas y dos caballeros. La señorita Bule, quien según pensaba yo
había alcanzado la edad madura a los ocho o los nueve, ocupó el papel principal
sociedad. En el curso de ese día le hablé del tema y le propuse que se
convirtiera en la favorita.
La señorita Bule, tras luchar con la timidez tan natural y encantadora resultaba
en su adorable sexo, expresó que se sentía halagada por la idea deseó saber las
medidas que proponíamos todo con respecto a la señorita Pipson. La señorita Bule
que en Servicios y Lecciones de la Iglesia completos en dos volúmenes con caja y
llave había jurado a esa joven dama una amistad compartiéndolo todo sin secretos
hasta la muerte, dijo que como a mi Pipson no podía ocultarse a sí misma, ni a
mí Pipson no era un ser común.
Ahora bien, como la señorita Pipson tenía cabellos claros y rizados y ojos
azules (lo que se ajustaba a mi idea de cualquier ser femenino y mortal que se

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