La Casa Hechizada (Charles Dickens) Libros Clásicos

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afirmaciones carentes de base), embaucadora había invitado en secreto pero
vehementemente a treinta y cinco príncipes y princesas vecinos a un baile y una
cena: con la estipulación especial de que «no se les iría a buscar hasta las
doce». Tal extravío del capricho de la antílope fue la causa de la sorprendente
llegada ante la puerta de la señorita Griffin, con diversos equipajes y variadas
escoltas, de un abultado grupo vestido de gala que se quedó en el escalón
superior con grandes expectativas y fue despedido con lágrimas. Al principio de
la doble llamada que acompaña a estas ceremonias, el antílope se había retirado
a un ático trasero encerrándose con cerrojo en él; con cada nueva llegada la
señorita Griffin se iba poniendo más y más frenética hasta que finalmente se la
vio desgarrarse la parte delantera. La capitulación última por parte de la
ofensora la llevó a la soledad en el cuarto de la ropa a pan y agua, y produjo
una conferencia ante todo el grupo, de vengativa extensión, en la que la
señorita Griffin utilizó las expresiones siguientes: en primer lugar, «creo que
todos lo sabían»; en segundo lugar, «cada uno de ustedes es tan perverso como
los demás»; en tercer lugar, «son un grupo de seres mezquinos».
Dadas las circunstancias, caminábamos apesadumbrados; y especialmente yo, sobre
el que pesaban gravemente las responsabilidades musulmanas, me encontraba en un
bajísimo estado mental; entonces un desconocido abordó a la señorita Griffin y
tras caminar a su lado un rato hablando con ella, me miró a mí. Suponiendo yo
que sería un esbirro de la ley, y que había llegado mi hora, eché a correr al
instante con el propósito general de huir a Egipto.
Todo el harén empezó a gritar cuando me vieron correr tan rápido como me lo
permitían mis piernas (tenía la impresión de que girando por la primera calle a
la izquierda, y dando la vuelta a taberna, encontrar el camino más corto hacia
las pirámides), la señorita Griffin gritó detrás de mí, el infiel Visir corrió
detrás de mí, y el muchacho de la barrera de portazgo me acorraló en una
esquina, como si fuera una oveja, y me cortó el paso. Nadie me riñó cuan do fui

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