La historia del tío del viajante (Charles Dickens) Libros Clásicos

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No sé si alguno de ustedes,
caballeros, ha compartido alguna vez un desayuno escocés hospitalario,
sustancioso y verdadero, y ha salido luego a tomar un ligero almuerzo
consistente en un barrilito de ostras, más o menos una docena de cervezas
embotelladas y una o dos jarras de whisky para terminar. Si alguna vez lo ha
hecho, estará de acuerdo conmigo en que se necesita una cabeza bastante fuerte
para después salir a comer y a cenar.
¡Pero benditos sean sus corazones y sus cejas que aquello no era nada para mi
tío! Estaba tan habituado que aquello no era más que un simple juego de niños.
Le he oído contar que cualquier día podía encontrarse con gentes de Dundee y
volver luego a casa sin tambalearse; y eso, caballeros, que los habitantes de
Dundee tienen una cabeza tan fuerte como su ponche, y probablemente no podrá
encontrarse otro más fuerte entre los dos polos. He oído decir que un hombre de
Glasgow y otro de Dundee bebieron uno frente al otro durante quince horas
seguidas. Pudo saberse que ambos se sintieron sofocados en el mismo momento,
pero con esa ligera excepción, caballeros, no se sentían peor por ello.
Una noche, a las veinticuatro horas de haber decidido embarcar para Londres, mi
tío se detuvo en la casa de un antiguo amigo suyo, un tal alguacil Mac con
cuatro sílabas detrás que vivía en la vieja ciudad de Edimburgo. Estaban allí la
esposa del alguacil, las tres hijas del alguacil y el hijo ya mayor del
alguacil, y tres o cuatro amigos escoceses robustos, de cejas pobladas y hombres
prudentes que el alguacil había reunido para honrar a mi tío y ayudarle a
alegrarse. Fue una cena gloriosa. Tomaron salmón ahumado, bacalao finlandés,
cabeza de cordero y un «haggis» -un famoso plato escocés, caballeros, que mi tío
solía decir que cuando lo veía en la mesa se le asemejaba mucho a un estómago de
Cupido-, y aparte otras muchas cosas cuyos nombres he olvidado, pero que no
obstante eran cosas muy buenas. Las muchachitas eran hermosas y agradables; la
esposa del alguacil era una de las mejores personas que hayan vivido nunca, y mi
tío estaba de un humor excelente. La consecuencia de ello fue que las jóvenes

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