La historia del tío del viajante (Charles Dickens) Libros Clásicos

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ruedas mirando los coches de correos en decadencia, hasta que de pronto le
despertaron unas campanadas de iglesia que daban las dos. Ahora bien, mi tío no
fue nunca muy rápido en el pensamiento, y si había pensado todas estas cosas
estoy seguro de que habría necesitado para ello, por lo menos, hasta mucho más
allá de pasadas las dos y media. Por tanto, soy decididamente de la opinión,
caballeros, de que mi tío cayó en una especie de adormecimiento sin haber
pensado nada en absoluto.
Sea como sea, las campanas de una iglesia dieron las dos. Mi tío despertó, se
frotó los ojos y se sobresaltó asombrado.
Un instante después de que el reloj diera las dos, todo aquel lugar tranquilo y
desértico se había convertido en el escenario de la vida y la animación más
extraordinarias. Las puertas de los coches estaban sobre sus goznes, los forros
en su sitio, el forjado era tan bueno como nuevo, la pintura había sido
restaurada, las lámparas encendidas, en cada pescante había cojines y grandes
mantas, los mozos colocaban paquetes en todos los maleteros, los guardas
amontonaban las bolsas de las cartas, los palafreneros arrojaban cubos de agua
sobre las ruedas renovadas; muchos hombres se apresuraban por la zona poniendo
varas en cada coche; llegaron los pasajeros, se entregaron las maletas, se
colocaron los caballos; en suma, resultaba absolutamente evidente que iban a
salir de inmediato todos los coches que allí había. Caballeros, mi tío abrió los
ojos tanto ante todo aquello que hasta el último momento de su vida se asombró
de que hubiera sido capaz de volverlos a cerrar otra vez.
-¡Vamos! -gritó una voz mientras mi tío sentía una mano en su hombro-. Ha
comprado usted billete de interior. Será mejor que entre.
-¿ Yo lo he comprado? -preguntó mi tío dándose la vuelta.
-Sí, claro.
Mi tío, caballeros, no era capaz de decir nada; tan asombrado estaba. Lo más
extraño de todo era que aunque hubiese tal multitud de personas, y aunque
estuvieran apareciendo nuevos rostros a cada momento, no podía saberse de dónde
venían. Parecían brotar de alguna extraña manera del mismo suelo, o del aire,
para desaparecer del mismo modo. Cuando un mozo metió su equipaje en el coche y

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