La historia del tío del viajante (Charles Dickens) Libros Clásicos

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y afilada al costado. Las solapas del chaleco le llegaban hasta la mitad de los
muslos, y el extremo de la corbata hasta la cintura. Caminó con paso grave hasta
la puerta del coche, se quitó el sombrero y lo sostuvo por encima de la cabeza
con el brazo extendido: al mismo tiempo sostenía levantado el dedo meñique como
hacen algunas personas afectadas cuando toman una taza de té. Luego juntó los
pies, hizo una grave reverencia y extendió la mano izquierda. Mi tío iba a
adelantarse para estrechársela cordialmente cuando se dio cuenta de que aquellas
atenciones no se las dirigía a él, sino a una joven dama que en ese momento
apareció al pie de los escalones, ataviada con un anticuado vestido de
terciopelo verde de cintura larga y peto. No llevaba sombrero en la cabeza,
caballeros, que ocultaba con una capucha de seda negra, y miró a su alrededor un
instante cuando se disponía a entrar en el coche, revelando un rostro tan
hermoso como mi tío no había visto nunca, ni siquiera en un cuadro. Subió al
coche levantándose el vestido con una mano; y tal como decía siempre mi tío
acompañándolo de un juramento rotundo, cuando contaba esta historia, no habría
creído posible que existieran piernas y pies de tal perfección a menos que los
hubiera visto con sus propios ojos.
Pero en ese vislumbre del hermoso rostro mi tío vio que la joven dama le lanzaba
una mirada implorante, y que parecía aterrada y entristecida. Observó también
que el joven de la peluca empolvada, a pesar de sus muestras de galantería, que
eran grandiosas y muy finas, la sujetó con fuerza por la muñeca cuando ella
subió, y se metió inmediatamente detrás. Un tipo de un mal aspecto poco común,
de peluca castaña y traje de color ciruela, que llevaba una espada muy grande y
botas hasta las caderas, se incluía en el grupo. Y cuando se sentó junto a la
joven dama, que estaba encogida en una esquina al acercarse el otro, mi tío vio
confirmada su impresión original de que iba a suceder algo oscuro y misterioso;
o tal como decía siempre para sí mismo, que «había algún tornillo suelto en
alguna parte». Es sorprendente con qué rapidez había decidido mi tío ayudar a la

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