Oliver Twist (Charles Dickens) Libros Clásicos

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Ni se podía explicar el motivo por el cual vivía en aquel antro sucio y desolado un hombre tan rico.
Un día, el señor Fagin reunió al P¡llastre, a uno de los chicos llamado Charley Bates y a Oliver, y les dijo:
-Este jovencito saldrá hoy a trabajar con vosotros. Es hora de que vaya aprendiendo el oficio.
Iban los tres caminando por la calle cuando, de pronto, el P¡llastre se paró en seco y dijo en voz baja:
-¿Veis al viejo que está en el puesto de libros? ¡A por él!
Oliver observó horrorizado cómo sus compañeros se colocaban detrás del respetable anciano; luego, el P¡llastre le metía la mano en el bolsillo y le robaba un pañuelo, para desaparecer finalmente, en un abrir y cerrar de ojos. Fue entonces cuando Oliver entendió que había estado viviendo con una pandilla de ladrones. El terror y la confusión se apoderaron de él y no supo hacer otra cosa que echar a correr. La mala suerte quiso que, en aquel momento, el anciano se diera cuenta del hurto y, al ver a Oliver corriendo, lo tomó por el ratero. Así es que salió en su persecución gritando: «¡Al ladrón! ¡Al ladrón!» Pronto, decenas de personas empezaron a perseguirlo y, aunque OI¡ver corrió y corrió, finalmente lograron alcanzarlo.
-¿Es éste el muchacho? -preguntaron al caballero.
-Sí, me temo que sí -contestó el anciano.
En aquel momento, llegó un agente y agarró a Oliver por e¡ cuello de la camisa.
-¡No he sido yo! ¡Se lo prometo! -dijo Oliver juntando las manos en tono suplicante.
-¡Levántate de una vez, demonio! -ordenó el agente.
Oliver se incorporó a duras penas a inmediatamente se vio arrastrado por el policía.
-Aquí traigo a un joven cazapañuelos -dijo el agente al entrar a la comisaría.
-Señores -dijo el caballero víctima del robo-, no estoy seguro de que este muchacho haya sido el ladrón. Yo prefiriría dejar este asunto...
Sin hacer caso de sus argumentos, el anciano fue conducido a una sala donde se encontraba el juez Fang. Tenía aspecto de hombre autoritario y estaba sentado detrás de una mesa situada sobre un estrado. Al lado de la puerta, había una jaula de madera y, en ella, estaba encerrado Oliver.
-¿Quién es usted? -preguntó el señor Fang.
-Mi nombre es Brownlow, señor -contestó el anciano-. Y antes de prestarjuramento roganá a su señoná que me permitiera decir algo...
-¡Cállese! -ordenó bruscamente el juez.
-¿Cómo? -preguntó el señor Brownlow rojo de ira. Pero comprendió que se tenía que dominar para no perjudicar al pobre Oliver Cuando llegó su turno, expuso su caso y concluyó diciendo:
-Ruego a su señoría que traten a este muchacho con indulgencia. Me temo que se encuentra muy mal.
-¿Cómo te llamas, pequeño ratero? -preguntó el juez Fang.
Oliver se sentía incapaz de responder porque todo le daba vueltas y más vueltas. Entonces, Fang se dirigió a un anciano que estaba de pie junto al estrado y preguntó:
-Oficial, ¿cómo se llama este pilluelo?
Éste, al ver que iba a ser imposible sacarle una palabra al muchacho, improvisó un nombre:

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