Oliver Twist (Charles Dickens) Libros Clásicos

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-Se llama Tom White.
En aquel punto del interrogatorio, Oliver, con un hilo de voz, suplicó que le dieran un poco de agua.
-¡Cuidado, se va a caer! -gritó el señor Brownlow al ver a Olivertambalearse. Al instante, Oliver cayó al suelo.
-Ya se levantará cuando se canse -dijo el juez-. Queda condenado a tres meses de trabajos forzados. ¡Despejen la sala!
De repente, un anciano, de digna aunque pobre apariencia, irrumpió en la sala y avanzó hasta el estrado.
-¡No se lleven al muchacho! -gritó-. Yo soy el dueño del puesto de libros donde sucedió el robo. Lo vi todo y juro que él no es el ladrón.
El juez miró con cara de desconfianza a todos los que se encontraban en la sala y dijo con indiferencia:
-El muchacho queda absuelto.
El señor Brownlow, ayudado por el librero, montó a OI¡ver en su coche y lo llevó a su casa; allí, por primera vez, el muchaco fue cuidado con cariño y bondad.


CAPÍTULO CUATRO

EN LA CASA DEL SEÑOR BROWNLOW

Mientras Oliver era llevado a casa del señor Brownlow, el Pillastre y Charley Bates regresaban a casa de Fagin.
-¿Dónde está Oliver? -preguntó el hombre.
Como no recibió respuesta, cogió al P¡llastre por el cuello de la camisa y, zarandeándolo, gritó:
-¡Habla o te ahorco!
-La pasmo lo ha trincao -contestó el P¡llastre asustado.
En aquel momento, entró gruñendo un hombre corpulento, mal vestido y de sucia apariencia, llamado Bill Sikes.
-¿Qué mosca te ha picado? -gritó dirigiéndose a Fagin-. ¿Qué es eso de maltratar a los muchachos, bellaco avaricioso?
Los chicos le contaron el relato de la captura de Oliver Entonces, Sikes dijo con aire preocupado:
-Alguien debería averiguar lo que ha pasado en esa comisaría.
Entre todos decidieron encargarle la misión a Nancy, una de las muchachas que vivía también bajo la «protección» de Fagin.
Nancy salió de la casa y, al rato, regresó diciendo:
-Se lo ha llevado un viejales a su queli de Petonville.
-Hay que encontrarlo como sea -dijo Fagin preocupado.
Mientras tanto, en otra zona de la ciudad, Oliver se reponía al cuidado de una viejecita maternal y muy dulce, la señora Bedwin, que era el ama de llaves del señor Brownlow. A los tres días, Oliver, aunque seguía muy débil, pudo levantarse de la cama y pasar un rato en un sillón junto al fuego. Fue entonces cuando los ojos del chico se clavaron en un retrato que estaba colgado en la pared.
-¡Qué cara más bonita y más dulce tiene esa señora! -exclamó el muchacho!-. ¿Quién es?
-No lo sé, querido -contestó la viejecita-. Nadie que tú y yo conozcamos.
-¡Es tan hermosa! Parece que me está mirando. Al mirarla, siento cómo mi corazón palpita más rápido.
-¡Dios mío! No hables así, querido. Deja que le dé la vuelta al sillón para que no la veas. No te conviene nada alterarte en tu estado.
En aquel momento, entró el señor Brownlow.
-¡Pobre muchachito! -dijo mirando a Oliver con ternura-.

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