Oliver Twist (Charles Dickens) Libros Clásicos

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-Está bien, amiguito. Tienes que devolverle estos libros -contestó el señor Brownlow tendiéndole un paquete- y pagarle las cuatro libras y diez chelines que le debo. Aquí tienes cinco libras.
-Confíe en mí. No tardaré ni diez minutos, se lo prometo.
Mientras tanto, en un tugurio llamado Los Tres Patacones, que estaba en la zona más sucia de la ciudad, Fagin entregaba a Bill Sikes un puñado de monedas envuettas en un viejo pañuelo.
-Esto es más de lo que te debo -le dijo-, pero sé que me devolverás el favor en otra ocasión...
-Corto el rollo -replicó el ladrón- y llama al camarero.
Fagin obedeció la orden de Sikes, a inmediatamente apareció el tabernero, un judío llamado Barney, más joven que Fagin pero con un aspecto igual de repugnante y ruin. Sikes se limitó a señalar su jarra vacía, y el joven la llenó de inmediato. Al poco rato, Nancy llegó a la taberna, se sentó con los dos hombres y los tres bebieron unos tragos. Después, Nancy salió a la calle acompañada de Sikes.
Muy cerca de allí, Oliver caminaba sin imaginar que se encontraba a dos pasos de toda aquella gente. De pronto, a pocos metros, escuchó unos gritos que lo sobresaltaron:
-¡Ay, hermanito mío! ¡Por fin te encuentro!
Inmediatamente dos brazos lo agarraron por el cuello.
-¿Qué ocurre? -preguntó Oliver-. ¿Por qué me detienen?
-¡Bendito sea Dios! -siguió diciendo la joven entre lágrimas-. ¿Dónde te habías metido, granuja?
-No sé quién es usted. Yo no tengo hermanas, ni padre, ni madre -gritaba Oliver debatiéndose torpemente.
Entonces, reconoció a Nancy, y vio cómo Sikes intervenía en su secuestro.
-¡Socorro! ¡Ayúdenme! -gritaba Oliver haciendo grandes esfuerzos por soltarse de las poderosas garras de aquel hombre.
-¡Yo sí que te voy a ayudar! -dijo Sikes-. ¿Qué son estos libros? ¡Dámelos! -ordenó, arrancándoselos y pegándole un fuerte golpe en la cabeza.
Débil por la reciente enfermedad y atontado por los golpes, Oliver comprendió que era inútil resistirse, y un momento después se vio arrastrado por un laberinto de callejuelas estrechas y oscuras.


CAPÍTULO CINCO

DE NUEVO ENTRE LADRONES

edia hora después, Oliver y los dos delincuentes entra- - ron en una casa en ruinas. El P¡llastre los recibió con una vela de sebo en la mano y los condujo hasta un cuarto bajo que olía a tierra, donde se encontraban Charley Bates y Fagin.
-¡Buenas noches, amiguito -dijo éste a Oliver, haciendo una serie de reverencias a modo de burla.
-¡Caramba! -exclamó el P¡llastre sacando del bolsillo de OI¡ver el billete de cinco libras-. ¡Si hasta trae pasta a casa!
-Eso es mío -dijo Fagin cogiendo el dinero.
-¡Que te lo has creído! -contestó Bill Sikes arrancándole el billete de las manos.
-Ese dinero es del anciano que me cuidó -se atrevió a decir Oliver retorciéndose las manos con nerviosismo-. Déjenme aquí encerrado toda la vida si quieren, pero, por favor, devuélvanle el dinero y los libros. No me gustaría que pensara que yo se los he robado.

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