Oliver Twist (Charles Dickens) Libros Clásicos

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¡Tengo tantas ganas de corresponder a su bondad!
En el campo, todo fue calma y paz para Oliver Acudía todas las mañanas a casa de un entrañable anciano que le ayudaba a progresar en la lectura y la escritura. El resto del día lo pasaba al aire libre, disfrutando de la naturaleza. Para él, que había vivido siempre en casas inmundas, aquellos tres meses pasados en e! campo, rodeado de cariño y comprensión, supusieron el descubrimiento de la auténtica dicha. Había entrado en el paraíso.


CAPÍTULO NUEVE

LA ENFERMEDAD DE ROSE

Una tarde de verano, tras un largo paseo, Rose manifestó sentirse mal.
-¿Qué te ocurre, Rose? -le preguntó preocupada la señora Maylie.
-Creo que estoy enferma, tía -contestó ella llorando.
Rose se alejó, pálida como el mármol, hacia su dormitorio. La anciana señora, cuando se encontró a solas con Oliver, no pudo reprimir su angustia
-¡Oh, Oliver! -exclamó sollozando-. Me temo lo peor ¡Mi querida Rose! ¿Qué haría yo sin ella?
-Estoy convencido de que Dios no la dejará morir-dijo Olives entre sollozos.
A la mañana siguiente, Rose tenía una fiebre muy alta.
-Olives -dijo la señora Maylie-, hay que mandar urgentemente esta carta al doctor Losberne. Llévala a la posada de la aldea y échala al correo.
Oliver corrió hasta llegar a la posada. Una vez enviada la carta, salió del establecimiento y tropezó con un hombre de ojos grandes y negros que iba envuelto en una capa.
-Perdone, señor-se disculpó el muchacho.
-Pero, ¿qué es esto? -gritó el hombre-. ¡Serás capaz de salir de tu tumba para ponerte en mi camino!
Oliver, asustado por la loca mirada de aquel individuo, salió corriendo. Cuando llegó a casa, Rose estaba delirando.
-Sería milagroso que se recuperara -le confesó en voz baja el médico del lugar a la señora Maylie.
Aquella noche, nadie durmió y, a la mañana siguiente, llegó el doctor Losberne, quien confirmó la gravedad de la muchacha.
-Es muy duro y muy cruel -dijo-. Tan joven y tan querida por todos... pero hay muy pocas esperanzas.
Rose se sumió después en un profundo sueño del que saldría, bien para vivir, bien para decirles adiós. Oliver y la señora Maylie permanecieron inmóviles durante varias horas a la espera de que el doctor Losberne les diera la tan temida noticia. Éste salió por fin de la habitación y se acercó a ellos.
-¿Cómo está Rose? ¡Dígamelo enseguida! -gritó la señora Maylie-. ¡Déjeme verla, por Dios! ¿Ha muerto?
-¡No! -exclamó el doctor-. ¡Cálmese, por favor! Rose vivirá para hacernos felices muchos años.
La anciana cayó de rodillas llorando de emoción. También Oliver quedó como atontado al recibir la feliz noticia. No podía ni hablar, ni llorar, ni expresar lo que sentía en aquellos momentos. Aturdido, salió a pasear
Cuando volvía a la casa cargado de flores para la enferma, un coche pasó como un rayo junto a él y se detuvo de golpe. Por la ventanilla asomó la cabeza del señor Giles y Oliver corrió hasta el coche.

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