Oliver Twist (Charles Dickens) Libros Clásicos

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Abrió la portezuela para saludar al mayordomo y vio, sentado junto a él, a un caballero de unos veinticinco años que preguntó ansioso:
-¿Cómo está la señorita Rose?
-¡Mejor, mucho mejor! -se apresuró a responder Oliver-. El doctor Losberne dice que ya está fuera de peligro.
El caballero se bajó entonces del coche y ordenó:
-G¡les, sigue tú hasta casa de mi madre. Yo prefiero caminar
Al llegar a la casa, la señora Mayl¡e y el joven caballero, madre a hijo, se fundieron en un fuerte abrazo.
-¡Madre! -dijo el joven-. ¡Gracias a Dios! Si Rose hubiera muerto, yo no habría vuelto a ser feliz.
-No empieces otra vez con eso, Harry -contestó su madre-. Ella necesita un amor profundo y duradero y tú...
-¿Todavía crees que soy un niño caprichoso?
-Creo que eres joven, y que los jóvenes suelen tener impulsos ciertamente generosos pero poco duraderos. Creo, además, que tienes delante de ti un porvenir brillante que los oscuros orígenes de Rose podrían echar por tierra. En un futuro se lo podrías reprochar.
-Pero entonces yo sería un egoísta -replicó Harry-. ¡Por el amor de Dios, madre! Te estoy confesando una pasión muy profunda. ¿Por qué no dejas que sea Rose la que decida?
-Como quieras -aceptó la madre-. Ahora debo volver junto a ella. ¡Qué Dios lo bendiga, hijo!
A medida que pasaban los días, Rose se recuperaba con asombrosa rapidez. Pero un extraño acontecimiento vino a romper la tranquilidad que se vivía en la casa.
Oliver se encontraba haciendo los deberes en un cuartito de la planta baja que daba al jardín. Llevaba allí mucho rato, se encontraba cansado y se quedó medio dormido. Durante su duermevela, el aire se volvió de repente denso, y Oliver, horrorizado, creyó encontrarse de nuevo en casa de Fagin.
-¡Mira! -oyó decir al judío-. ¡Es él!
-¡Ya te lo había dicho! - respondió otro hombre.
Fue entonces cuando Oliver despertó, sobresaltado y presa del pánico. Miró por la ventana y allí, muy cerca de él, estaba el judío mirándole fijamente. La sangre se le heló, se vio momentáneamente paralizado de espanto. Junto a él se encontraba, además, aquel hombre violento que le había abordado a la salida de la posada. La visión duró tan sólo unos instantes, y los dos hombres desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos. Aterrorizado, Oliver saltó al jardín por la ventana y se puso a gritar pidiendo soconro.
Los habitantes de la casa corrieron al jardín, donde encontraron al muchacho muy agitado, que señalaba hacia los prados y gritaba: «¡Era el judío!» Harry, a quien su madre había contado la historia de Oliver, saltó por encima del seto y salió en su persecución a gran velocidad. Pero la búsqueda resultó inútil.
Tiene que haber sido un sueño -dijo Harry a Oliver cuando estuvieron de vuelta.
-¡Oh, no, señor! -insistió Oliver-. De veras que yo los vi.
De nada sirvieron los rastreos que se hicieron en la zona hasta el anochecer. A los dos hombres se los había tragado la tierra.

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