Oliver Twist (Charles Dickens) Libros Clásicos

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El susto le duró a Oliver unos días más y, poco a poco, se fue olvidando de aquel espantoso episodio.
Mientras tanto, Rose se había recuperado del todo y ya salía de su habitación. Una mañana, Harry Maylie entró en el comedor donde Rose se encontraba sola.
-¿Puedo hablar contigo unos minutos? -le preguntó.
Rose palideció pero no dijo nada. Así que Harry continuó:
-Llegué aquí hace unos días angustiado ante la idea de perderte sin que supieras que te amo. Te he visto pasar de la muerte a la vida y, ahora, quiero ganar tu corazón. Rose, dime que mis esfuerzos por merecerte no son vanos.
-Harry -contestó ella llorando-, debes tratar de olvidarme. Seré tu más fiel amiga, pero no debo ser el objeto de tu amor.
-¿Por qué?
-No tengo amigos, Harry, no tengo dote, pero sí tengo una mancha sobre mi nombre. Os debo demasiado a tu madre y a ti como para obstaculizar con mis orígenes tu brillante carrera.
-Deja el deber a un lado y contéstame: ¿me amas?
Te habría amado si no... pero, ¡basta ya! ¡Adiós, Harry! Nunca más nos volveremos a ver como nos hemos visto hoy.
-Sólo una palabra más, Rose. Contéstame: si yo fuera pobre, enfermo y desvalido, ¿me querrías?
-Sí, Harry -contestó Rose con un hilo de voz.
El joven tomó entonces la mano de su amada, se la llevó al pecho y, tras darle un beso en la frente, salió del comedor
Al día siguiente, por la mañana temprano, Harry se marchó a Londres, no sin antes encargarle a Oliver que le escribiera con frecuencia contándole cosas de su madre y de Rose.


CAPÍTULO DIEZ

EL MATRIMONIO BUMBLE

El señor Bumble estaba sentado en un salón del hospicio donde nació Oliver Twist. Se encontraba pensando con melancolía lo mucho que había cambiado su vida desde hacía dos meses: había ascendido a superintendente y se había casado con la gobernanta del hospicio; aunque esto no había sido precisamente por amor Dada su pasión por el dinero, se había dejado deslumbrar por algunas de las pertenencias de la que entonces todavía se llamaba señora Corney y por la posibilidad de tener vivienda y calefacción gratis.
Recordaba perfectamente la tarde en que había decidido pedirle que se casara con él. Estaban los dos coqueteando en la habitación de ella, cuando una anciana vino a anunciar que la vieja Sally se estaba muriendo. La pobre moribunda aseguraba que no se iná tranquila de este mundo sin revelar un secreto a la gobernanta. Ésta salió entonces maldiciendo a los pobres del hospicio, que no la dejaban nunca en paz. El señor Bumble aprovechó entonces su ausencia para registrar cajones, armarios y alacenas ya que deseaba asegurarse de que la señora Corney era un buen partido.
Sumido en sus recuerdos, el séñor Bumble, creyendo que estaba solo, dijo en voz alta:
-Mañana hará dos meses que estamos casados, y me parece un siglo. Reconozco que me vendí, aunque demasiado barato

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