Oliver Twist (Charles Dickens) Libros Clásicos

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-Tengo un amigo que te puede ayudar ¡Anda, vamos a hablar ahí fuera!
-No creo que sea preciso movernos de aquí para hablar en privado -repuso Noah-. Ella -dijo señalando a Charlotte-, subirá el equipaje mientras nosotros hablamos de negocios.
Charlotte salió inmediatamente de la habitación cargada de bultos y cuando se encontraba suficientemente alejada, Noah preguntó:
-¿Cuánto hay que aflojar?
-Veinte libras.
-Pero eso es mucho dinero -saltó el joven.
-No cuando se trata de un billete del que no te puedes deshacer.
-¿Y qué obtendré yo?
-Conseguirás vivir como un señor Tendrás comida, cama, tabaco y alcohol gratis, además de la mitad de las ganancias.
-Me parece bien.
-Mañana, a las diez, vendré con mi amigo. Pero aún falta un último detalle: no me has dicho cómo te llamas...
-Bolter, Morris Bolter -respondió inmediatamente Noah, ocultando su verdadero nombre.
Después de brindar por su recién creada sociedad, Fagin se despidió.
Al día siguiente, el judío se presentó solo en la posada y acompañó a Noah y a Charlotte a su propia casa.
-¿De modo que no existe el tal amigo? -le dijo Noah a Fagin.
-No, en efecto, no existe. Pero os he traído aquí para que veáis cómo vivimos. En esta casa somos como una gran familia. Ahora estamos muy preocupados por uno de los nuestros, el P¡llastre, que fue capturado ayer
-¿Por algo serio? -preguntó asustado Noah.
-Lo pillaron tratando de limpiar un bolsillo y le encontraron además una caja de rapé de plata. Aunque le puede caer una buena condena, no ha dicho nada. ¡Bueno es él para cantad
-Bueno, ya lo conoceré.
-No estoy tan seguro. Si encuentran pruebas, es un caso de «deportación de por vidá.
En ese momento, entró Charley Bates con cara compungida y dijo:
-Se acabó todo, Fagin. Han encontrado al dueño de la caja y a dos o tres testigos. Lo mandarán al extranjero. ¡Y todo por una cajucha de rapé que no vale más de tres peniques!
-Piensa en el honor, la distinción, de ser deportado a tan corta edad - contestó Fagin para consolarlo.
El domingo, Nancy estaba en su casa. Cuando dieron las once de la noche, se puso su gorrito y su abrigo para salir
-¿A dónde vas? -le preguntó Sikes.
-A dar una vuelta -contestó ella-. No me encuentro demasiado bien y necesito tomar el aire.
-Pues te vas a conformar con sacar la cabeza por la ventana -le contestó el ladrón-. Tú no vas a ninguna parte.
El hombre se levantó, le quitó el gorro de un manotazo y la arrojó sobre la cama.
-¡Déjame salir, Bill, te lo suplico! -imploró Nancy.
Fagin, que estaba en casa de Bill en aquel momento, no movió un dedo por la muchacha. Bill Sikes la agarró con fuerza, la sentó en una silla y allí la mantuvo inmóvil durante un buen rato.
Cuando dieron las dote, la muchacha se dio por vencida y, con los ojos hinchados y rojos, empezó a mecerse hasta quedar completamente dormida.

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