Oliver Twist (Charles Dickens) Libros Clásicos

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Imagino que Charley estará a punto de llegar Ya no hay lugar donde esconderse; de todos los que acudíamos a Los Tres Patacones, no ha quedado nadie a salvo. ¡Menuda redada!
Al caer la noche, los tres hombres seguían sentados, silenciosos, a la espera de alguna noticia. Un fuerte golpe en la puerta rompió de pronto aquel denso silencio; después, los pasos de alguien que subía las escaleras y, por fin, los tres hombres vieron entrar a Bill Sikes. Se quedaron boquiabiertos; no les dio tiempo a reaccionar y, al instante, entró también Charley Bates quien, al reconocer a Sikes, dio un paso atrás.
-¡Vamos, Charley! Soy yo -dijo Sikes yendo hacia él.
-No te acerques -contestó el otro-. Me das... asco.
Y, dirigiéndose a los demás, se puso a gritar:
-¡Mirad a este monstruo! ¡Miradlo bien! Merecería ser quemado a fuego lento por el crimen que ha cometido. Voy a entregarlo a la policía y vosotros me vais a ayudar
Llevado por su rabia, Charley Bates se abalanzó contra Sikes, lo derribó, y ambos rodaron por el suelo. Pero Sikes era más fuerte que el muchacho, y consiguió inmovilizarlo sin demasiado esfuerzo. Estaba a punto de darle el golpe final, cuando se oyó un tumulto de gente que se acercaba a la chabola; el rumor de que el asesino estaba allí, se había extendido por el barrio y una multitud se acercaba para lincharlo. Toby Crackit sugirió a Sikes que escapara por una de las ventanas.
El asesino soltó a su víctima y miró a su alrededor desconcertado. Charley Bates se incorporó, corrió hacia la otra ventana, la abrió y se puso a gritar:
-¡Socorro! ¡El asesino está aquiil ¡Suban, suban rápido!
Bill Sikes agarró al muchacho, lo arrastró hasta la habitación contigua y allí lo dejó encerrado con llave. Luego, cogió una larga cuerda, subió al desván y, tras levantar un tragaluz, salió al tejado. Desde arriba, vio a la multitud encolerizada que gritaba exigiendo su muerte, y oyó cómo la gente intentaba entrar en la casa. Ató un extremo de la cuerda a una chimenea y en el otro hizo un nudo corredizo para intentar descender hasta la calle. Pero en el mismo instante en que se pasaba el lazo por la cabeza para deslizarlo luego hasta las axilas, algo extraño le ocurrió: levantó la vista al cielo y creyó ver el rostro ensangrentado de su víctima. El pánico se apoderó de él, lanzó un grito de terror y perdió el equilibrio cayendo al vacío, donde quedó colgando sin vida.


CAPÍTULO CATORCE

LA CONFESIÓN DE EDWARD LEEFORD

Aquella misma tarde, Monks fue llevado a la fuerza a casa A del señor Brownlow.
-¿Cómo es posible que el mejor amigo de mi padre me trate de esta manera? -gritó el canalla, enfadado.
-Sí, Edward -lijo en tono triste el señor Brownlow-, tu padre era mi mejor amigo y era, además, el hermano de la mujer con la que me iba a casar si la muerte no se la hubiera llevado inesperadamente la misma mañana de nuestra boda.

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