Proceso por asesinato (Charles Dickens) Libros Clásicos

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Al parecer, ese papel había sido motivo de un altercado ocurrido a la puerta entre el mensajero y mi sirviente. Era un citatorio para que me presentara, como jurado, en las próximas sesiones de la Corte Criminal Central, en Old Bailey. Jamás antes me habían citado en tal calidad, como bien lo sabía John Derrick. Creía -y sigo sin saber con cuánta razón o sin ella- que la costumbre era elegir ese tipo de jurados entre personas menos calificadas que yo en lo social, y de principio me había rehusado a aceptar el citatorio. El hombre encargado de traerlo se tomó las cosas con mucha tranquilidad. Dijo que en nada le incumbía mi asistencia o mi ausencia; allí estaba el citatorio y la decisión que yo tomara a mí me afectaría, no a él.
Por uno o dos días estuve indeciso si responder al llamado o pasarlo por alto. Ninguna conciencia tenía de que hubiera la más ligera presión, influencia o atracción en una u otra dirección. Estoy tan seguro de ello como de cualquier otra afirmación aquí hecha. Al final de cuentas decidí ir, para romper la monotonía de mi vida.
La fecha señalada era una cruda mañana de noviembre. Había en Piccadilly una densa bruma parda que, al este de Temple Bar, se volvió definitivamente negra y de lo más opresiva. Encontré los pasillos y las escaleras de la corte brillantemente alumbrados con luces de gas y la corte iluminada de igual manera. Creo que, hasta no verme conducido por los funcionarios a la Old Court y verla atiborrada, no supe que se juzgaría al Asesino, aquel día. Creo que, hasta no entrar con dificultades considerables en ella, no supe en cuál de las dos cortes dispuestas me tocaba actuar. Pero no debe tomarse esto como una afirmación definitiva, pues en mi mente no estoy del todo satisfecho respecto a ninguno de esos puntos.
Me senté en el lugar destinado a los jurados en espera, y miré a mi alrededor hasta donde me lo permitía la densa nube de niebla y aliento condensado que allí había. Me di cuenta del negro vapor que, como una cortina lóbrega, colgaba por fuera de las grandes ventanas, y me di cuenta del apagado rumor de ruedas sobre la paja o la casca dispersada por la calle; también noté el murmullo de la gente reunida allí, murmullo en ocasiones roto por un silbido agudo o por una canción o grito más fuerte que los demás.

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