Divina Comedia (Dante Alighieri) Libros Clásicos

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cuando tres sombras juntas se salieron,
corriendo, de una turba que pasaba
bajo la lluvia de la áspera pena. 6

Hacia nosotros gritando venían:
«Detente quien parece por el traje
ser uno de la patria depravada.» 9

¡Ah, cuántas llagas vi en aquellos miembros,
viejas y nuevas, de la llama ardidas!
me siento aún dolorido al recordarlo. 12

A sus gritos mi guía se detuvo;
volvió el rostro hacia mí, y me dijo: « Espera,
pues hay que ser cortés con esta gente. 15

Y si no fuese por el crudo fuego
que este sitio asaetea, te diría
que te apresures tú mejor que ellos.» 18

Ellos, al detenernos, reemprendieron
su antiguo verso; y cuando ya llegaron,
hacen un corro de sí aquellos tres, 21

cual desnudos y untados campeones,
acechando a su presa y su ventaja,
antes de que se enzarcen entre ellos; 24

y con la cara vuelta, cada uno
me miraba de modo que al contrario
iba el cuello del pie continuamente. 27

«Si el horror de este suelo movedizo
vuelve nuestras plegarias despreciables
-uno empezó- y la faz negra y quemada, 30

nuestra fama a tu ánimo suplique
que nos digas quién eres, que los vivos
pies tan seguro en el infierno arrastras. 33

Éste, de quien me ves pisar las huellas,
aunque desnudo y sin pellejo vaya,
fue de un grado mayor de lo que piensas, 36

pues nieto fue de la bella Gualdrada;
se llamó Guido Guerra, y en su vida
mucho obró con su espada y con su juicio. 39

El otro, que tras mí la arena pisa,
es Tegghiaio Aldobrandi, cuya voz 41
en el mundo debiera agradecerse; 42

y yo, que en el suplicio voy con ellos,
Jacopo Rusticucci; y fiera esposa 44
más que otra cosa alguna me condena.» 45

Si hubiera estado a cubierto del fuego,
me hubiera ido detrás de ellos al punto,
y no creo que al guía le importase; 48

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