Cuentos de Amor de Locura y de Muerte (Horacio Quiroga) Libros Clásicos

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-Hablé con mi padre-comenzó Nébel-y me ha dicho que le será
completamente imposible asistir.

La madre se puso un poco pálida, mientras sus ojos, en un súbito
fulgor, se estiraban hacia las sienes.

-¡Ah! ¿Y por qué?

-No sé-repuso con voz sorda Nébel.

-Es decir... ¿que su señor padre teme mancharse si pone los pies aquí?

-No sé-repitió él con inconsciente obstinación.

-¡Es que es una ofensa gratuita la que nos hace ese señor! ¿Qué se ha
figurado?-añadió con voz ya alterada y los labios temblantes.-¿Quién
es él para darse ese tono?

Nébel sintió entonces el fustazo de reacción en la cepa profunda de su
familia.

-¡Qué es, no sé!-repuso con la voz precipitada a su vez-pero no
sólo se niega a asistir, sino que tampoco da su consentimiento.

-¿Qué? ¿qué se niega? ¿Y por qué? ¿Quién es él? ¡El más autorizado
para esto!

Nébel se levantó:

-Señora...

Pero ella se había levantado también.

-¡Sí, él! ¡Usted es una criatura! ¡Pregúntele de dónde ha sacado su
fortuna, robada a sus clientes! ¡Y con esos aires! ¡Su familia
irreprochable, sin mancha, se llena la boca con eso! ¡Su
familia!... ¡Dígale que le diga cuántas paredes tenía que saltar para
ir a dormir con su mujer, antes de casarse! ¡Sí, y me viene con su
familia!... ¡Muy bien, váyase; estoy hasta aquí de hipocresías! ¡Que lo
pase bien!


III

Nébel vivió cuatro días vagando en la más honda desesperación. ¿Oué
podía esperar después de lo sucedido? Al quinto, y al anochecer,
recibió una esquela:


"Octavio: Lidia está bastante enferma, y sólo su
presencia podría calmarla.

María S. de Arrizabalaga."


Era una treta, no tenía duda. Pero si su Lidia en verdad...

Fué esa noche y la madre lo recibió con una discreción que asombró a
Nébel, sin afabilidad excesiva, ni aire tampoco de pecadora que
pide disculpa.

-Si quiere verla...

Nébel entró con la madre, y vió a su amor adorado en la cama, el
rostro con esa frescura sin polvos que dan únicamente los 14 años, y
el cuerpo recogido bajo las ropas que disimulaban notablemente su
plena juventud.

Se sentó a su lado, y en balde la madre esperó a que se dijeran algo:
no hacían sino mirarse y reir.

De pronto Nébel sintió que estaban solos, y la imagen de la madre

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