Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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Tenía la esperanza de que Mary no se acordaría de los zapatos, pero resultó fallida; se los untó concienzudamente con una capa de sebo, según era el uso, y se los presentó. Tom perdió la paciencia, y protestó; de que siempre le obligaban a hacer lo que no quería. Pero Mary le dijo, persuasiva:
-Anda, Tom; sé un buen chico.
Y Tom se los puso, gruñendo. Mary se arregló en seguida, y los tres niños marcharon a la escuela dominical, lugar que Tom aborrecía con toda su alma; pero a Sid y a Mary les gustaba.
Las horas de esa escuela eran de nueve a diez y media, y después seguía el oficio religioso. Dos de los niños se quedaban siempre, voluntariamente, al sermón, y el otro siempre se quedaba también..., por razonees más contundentes. Los asientos, sin tapizar y altos de respaldo, de la iglesia podrían acomodar unas trescientas personas; el edificio era pequeño e insignificante, con una especie de cucurucho de tablas puesto por montera, a guisa de campanario. Al llegar a la puerta, Tom se echó un paso atrás y abordó a un compinche también endomingado.
-Oye, Bill, ¿tienes un vale amarillo?
-Sí.
-¿Qué quieres por él?
-¿Qué me das?
-Un cacho de regaliz y un anzuelo.
-Enséñalos.
Tom los presentó. Eran aceptables, y las pertenencias cambiaron de mano. Después hizo el cambalache de un par de canicas por tres vales rojos, y de otras cosillas por dos azules. Salió al encuentro de otros muchachos, según iban llegando, y durante un cuarto de hora siguió comprando vales de diversos colores. Entró en la iglesia, al fin, con un enjambre de chicos y chicas, limpios y ruidosos; se fue a su silla e inició una riña con el primer muchacho que encontró a mano. El maestro, hombre grave, ya entrado en años, intervino; después volvió la espalda un momento, y Tom tiró del pelo al rapaz que tenía delante, y ya estaba absorto en la lectura de su libro cuando la víctima miró hacia atrás; pinchó a un tercero con un alfiler, para oírle chillar, y se llevó nueva reprimenda del maestro. Durante todas las clases Tom era siempre el mismo: inquieto, ruidoso y pendenciero. Cuando llegó el momento de dar las lecciones ninguno se la sabía bien y había que irles apuntando durante todo el trayecto. Sin embargo, fueron saliendo trabajosamente del paso, y a cada uno se le recompensaba con vales azules, en los que estaban impresos pasajes de las Escrituras.

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