Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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Tenía la barbilla apuntalada por un amplio lazo de corbata de las dimensiones de un billete de banco, y con flecos en los bordes, y las punteras de las botas dobladas hacia arriba, a la moda del día, como patines de trineo: resultado que conseguían los jóvenes elegantes, con gran paciencia y trabajo, sentándose con las puntas de los pies apoyados contra la pared y permaneciendo así horas y horas. Mister Walters tenía un aire de ardoroso interés y era sincero y cordial en el fondo, y consideraba las cosas y los lugares religiosos con tal reverencia y tan aparte de los afanes mundanos que, sin que se diera cuenta de ello, la voz que usaba en la escuela dominical había adquirido una entonación peculiar, que desaparecía por completo en los días de entre semana. Empezó de esta manera:
-Ahora, niños os vais a estar sentados, todo lo derechitos y quietos que podáis, y me vais a escuchar con toda atención por dos minutos. ¡Así, así me gusta! Así es como los buenos niños y las niñas tienen que estar. Estoy viendo a una pequeña que mira por la ventana: me temo que se figura que yo ando por ahí fuera, acaso en la copa de uno de los árboles, echando un discurso a los pajaritos. (Risitas de aprobación.) Necesito deciros el gozo que me causa ver tantas caritas alegres y limpias reunidas en un lugar como éste, aprendiendo a hacer buenas obras y a ser buenos...
Y siguió por la senda adelante. No hay para qué relatar el resto de la oración. Era de un modelo que no cambia, y por eso nos es familiar a todos.
El último tercio del discurso se malogró en parte por haberse reanudado las pendencias y otros escarceos entre algunos de los chicos más traviesos, y por inquietudes y murmullos que se extendían cada vez más llegando su oleaje hasta las bases de aisladas a inconmovible rocas, como Sid y Mary. Pero todo ruido cesó de repente al extinguirse la voz de mister Walters, y el término del discurso fue recibido con una silenciosa explosión de gratitud.
Buena parte de los cuchicheos había sido originada por un acontecimiento más o menos raro: la entrada de visitantes. Eran éstos el abogado Thatcher, acompañado por un anciano decrépito, un gallardo y personudo caballero de pelo gris, entrado en años, y una señora solemne, que era, sin duda, la esposa de aquél.

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