Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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Las señoritas instructoras «presumieron» inclinándose melosamente sobre escolares a los que acababan de tirar de las orejas, levantando deditos amenazadores delante de los muchachos malos y dando amorosas palmaditas a los buenos. Los caballeretes instructores «presumían» prodigando regañinas y otras pequeñas muestras de incansable celo por la disciplina, y unos y otros tenían grandes quehaceres en la librería, que los obligaban a ir y venir incesantemente y, al parecer, con gran agobio y molestia. Las niñas «presumían» de mil distintos modos, y los chicuelos «presumían» con tal diligencia que los proyectiles de papel y rumor de reyertas llenaban el aire. Y cerniéndose sobre todo ello, el grande hombre seguía sentado, irradiaba una majestuosa sonrisa judicial sobre toda la concurrencia y se calentaba al sol de su propia grandeza, pues estaba «presumiendo» también. Sólo una cosa faltaba para hacer el gozo de mister Walters completo, y era la ocasión de dar el premio de la Biblia y exhibir un fenómeno. Algunos escolares tenían vales amarillos, pero ninguno tenía los necesarios: ya había él investigado entre las estrellas de mayor magnitud. Hubiera dado todo lo del mundo, en aquel momento, porque le hubieran restituido, con la mente recompuesta, aquel muchacho alemán.
Y entonces, cuando había muerto toda esperanza, Tom Sawyer se adelantó con nueve vales amarillos, nueve vales rojos y diez azules, y solicitó una Biblia. Fue un rayo cayendo de un cielo despejado. Walters no esperaba una petición semejante, de tal persona, en los próximos diez años. Pero no había que darle vueltas: allí estaban los vales y eran moneda legal. Tom fue elevado en el acto al sitio que ocupaban el juez y los demás elegidos, y la gran noticia fue proclamada desde el estrado. Era la más pasmosa sorpresa de la década; y tan honda sensación produjo, que levantó al héroe nuevo hasta la altura misma del héroe judicial. Todos los chicos estaban muertos de envidia; pero los que sufrían más agudos tormentos eran los que se daban cuenta, demasiado tarde, de que ellos mismos habían contribuido a aquella odiosa apoteosis por ceder sus vales a Tom a cambio de las riquezas que había amontonado vendiendo permisos para enjalbegar. Sentían desprecio de sí mismos por haber sido víctimas de un astuto defraudador, de una embaucadora serpiente escondida en la hierba.
El premio fue entregado aTom con toda la efusión que el superintendente, dando a la bomba, consiguió hacer subir hasta la superficie en aquel momento; pero le faltaba algo del genuino surtidor espontáneo, pues el pobre hombre se daba cuenta, instintivamente, de que había allí un misterio que quizá no podría resistir fácilmente la luz.

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