Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

Página 46 de 175

Habia oído muchas veces que la cosa había sucedido, pero nunca que hubiera fallado. No se le ocurrió que él mismo había hecho ya la prueba muchas veces, pero sin que pudiera encontrar el escondite después. Rumió un rato el asunto, y decidió al fin que alguna bruja se había entrometido y roto el sortilegio. Para satisfacerse sobre este punto buscó por allí cerca hasta encontrar un montoncito de arena con una depresión en forma de chimenea en el medio. Se echó al suelo, y acercando la boca al agujero dijo:

¡Chinche holgazana, chinche holgazana, dime lo que quiero saber!
¡Chinche holgazana, chinche holgazana, dime lo que quiero saber!

La arena empezó a removerse y a poco una diminuta chinche negra apareció un instante y en seguida se ocultó asustada.
-¡No se atreve a decirlo! De modo que ha sido una bruja la que lo ha hecho. Ya lo decía yo.
Sabía muy bien la futilidad de contender con brujas; así es que desistió, desengañado. Pero se le ocurrió que no era cosa de perder la canica que acababa de tirar, a hizo una paciente rebusca. Pero no pudo encontrarla. Volvió entonces al escondite de tesoros, y colocándose exactamente en la misma postura en que estaba cuando la arrojó sacó otra del bolsillo y la tiró en la misma dirección, diciendo:
-Hermana, busca a tu hermana.
Observó dónde se detenía, y fue al sitio y miró. Pero debió de haber caído más cerca o más lejos, y repitió otras dos veces el experimento. La última dio resultado: las dos bolitas estaban a menos de un pie de distancia una de otra.
En aquel momento el sonido de un trompetilla de hojalata se oyó débilmente bajo las bóvedas de verdura de la selva. Tom se despojó de la chaqueta y los calzones, convirtió un tirante en cinto, apartó unos matorrales de detrás del tronco caído, dejando ver un arco y una flecha toscamente hechos, una espada de palo y una trompeta también de hojalata, y en un instante cogió todas aquellas cosas y echó a correr, desnudo de piernas, con los faldones de la camisa revoloteando. A poco se detuvo bajo un olmo corpulento, respondió con un toque de corneta, y después empezó a andar de aquí para allá, de puntillas y con recelosa mirada, diciendo en voz baja a una imaginaria compañía:
-¡Alto, valientes míos! Seguid ocultos hasta que yo toque.

Página 46 de 175
 

Paginas:
Grupo de Paginas:           

Compartir:




Diccionario: