Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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Había salido gente a caballo por todos los caminos, y el sheriff tenía la seguridad de que lo cogerian antes de la noche.
Toda la población marchaba hacia el cementerio. Las congojas de Tom se disiparon, y se unió a la procesión, no porque no hubiera preferido mil veces ir a cualquiera otro sitio, sino porque una temerosa inexplicable fascinación, le arrastraba hacia allí. Llegado al siniestro lugar, fue introduciendo su cuerpecillo por entre la compacta multitud, y vio el macabro espectáculo. Le parecía que había pasado una eternidad desde que había estado allí antes. Sintió un pellizco en un brazo. Al volverse se encontraron sus ojos con los de Huckleberry. En seguida miraron los dos a otra parte, temiendo que alguien hubiera notado algo en aquel cruce de miradas. Pero todo el mundo estaba de conversación y no tenía ojos más que para el cuadro trágico que tenían delante.
«¡Pobrecillo! ¡Pobre muchacho! Esto ha de servir de lección para los violadores de sepulturas. Muff Potter irá a la horca por esto, si lo atrapan.» -Tales eran los comentarios. Y el pastor dijo: «Ha sido un castigo; aquí se ve la mano de Dios.»
Tom se estremeció de la cabeza a los pies, pues acababa de posar su mirada en la impenetrable faz de Joe el Indio. En aquel momento la muchedumbre empezó a agitarse y a forcejear, y se oyeron gritos de «¡Es él!, ¡Es él!, ¡Viene él solo!»
-¿Quién?, ¿quién? -preguntaron veinte voces.
-¡Muff Potter!
-¡Eh, que se ha parado! ¡Cuidado, que da la vuelta! ¡No le dejéis escapar!
Algunos, que estaban en las ramas de los árboles, sobre la cabeza de Tom, dijeron que no trataba de escapar, sino que parecía perplejo y vacilante.
-¡Vaya un desparpajo! -dijo un espectador`. Se conoce que ha sentido capricho por venir y echar tranquilamente un vistazo a su obra...; no esperaba hallarse en compañía.
La muchedumbre abrió paso, y el sheriff ostentosamente, llegó conduciendo a Potter, cogido del brazo. Tenía el citado la cara descompuesta y mostraba en los ojos el miedo que le embargaba. Cuando le pusieron ante el cuerpo del asesinado tembló como con perlesías y, cubriéndose la cara con las manos, rompió a llorar.
-No he sido yo, vecinos -dijo sollozando-; mi palabra de honor que no he hecho tal cosa.
-¿Quién te ha acusado a ti? -gritó una voz.
El tiro dio en el blanco. Potter levantó la cara y miró en torno con una patética desesperanza en su mirada.

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