Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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Después se acercó un nutrido grupo de chicos y chicas -compañeros de Tom y de Joe- y se quedaron mirando por encima de la empalizada y hablando en tonos reverentes de cómo Tom hizo esto o aquello la última vez que lo vieron, y de cómo Joe dijo tales o cuales cosas -llenas de latentes y tristes profecías, como ahora se veía-; y cada uno señalaba el sitio preciso donde estaban los ausentes en el momento aquel, con tales observaciones como «y yo estaba aquí como estoy ahora, y como si tú fueras él... y entonces va él y ríe así..., y a mí me pasó una cosa por todo el cuerpo .... y yo no sabía lo que aquello quería decir..., ¡y ahora se ve bien claro!»
Después hubo una disputa sobre quién fue el último que vio vivos a los muchachos, y todos se atribuían aquella fúnebre distinción y ofrecían pruebas más o menos amañadas por los testigos; y cuando al fin quedó decidido quiénes habían sido los últimos que los vieron en este mundo y cambiaron con ellos las últimas palabras, los favorecidos adoptaron un aire de sagrada solemnidad a importancia y fueron contemplados con admiración y envidia por el resto. Un pobre chico que no tenía otra cosa de qué envanecerse dijo, con manifiesto orgullo del recuerdo:
-Pues mira, Tom Sawyer, me zurró a mí un día.
Pero tal puja por la gloria fue un fiasco. La mayor parte de los chicos podían decir otro tanto, y eso abarató demasiado la distinción.
Cuando terminó la escuela dominical, a la siguiente mañana, la campana empezó a doblar, en vez de voltear como de costumbre. Era un domingo muy tranquilo, y el fúnebre tañido parecía hermanarse con el suspenso y recogimiento de la Naturaleza. Empezó a reunirse la gente del pueblo, parándose un momento en el vestíbulo para cuchichear acerca del triste suceso. Pero no había murmullos, dentro de la iglesia: sólo el rozar de los vestidos mientras las mujeres se acomodaban en sus asientos turbaba allí el silencio. Nadie recordaba tan gran concurrencia. Hubo al fin una pausa expectante, una callada espera; y entró tía Polly seguida de Sid y Mary, y después la familia Harper, todos vestidos de negro; y los fieles incluso el anciano pastor, se levantaron y permanecieron en pie hasta que los enlutados tomaron asiento en el banco frontero. Hubo otro silencio emocionante, interrumpido por algún ahogado sollozo, y después, el pastor extendió las manos y oró.

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