Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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De pronto el pastor gritó con todas sus fuerzas:
-«¡Alabado sea Dios, por quien todo bien nos es dado!...» ¡Cantar con toda el alma!
Y así lo hicieron. El viejo himno se elevó tonante y triunfal, y mientras el canto hacía trepidar las vigas Tom Sawyer el pirata miró en torno suyo a las envidiosas caras juveniles que le rodeaban, y se confesó a sí mismo que era aquél el momento de mayor orgullo de su vida.
Cuando los estafados concurrentes fueron saliendo decían que casi desearían volver a ser puestos en ridículo con tal de oír otra vez el himno cantado de aquella manera.
Tom recibió más sopapos y más besos aquel día -según los tornadizos humores de tía Polly- que los que ordinariamente se ganaba en un año; y no sabía bien cuál de las dos cosas expresaba más agradecimiento a Dios y cariño para su propia persona.


CAPÍTULO XVIII


Aquél era el gran secreto de Tom: la idea de regresar con sus compañeros en piratería y asistir a sus propios funerales. Habían remado hasta la orilla de Misuri, a horcajadas sobre un tronco, al atardecer del sábado, tomando tierra a cinco o seis millas más abajo del pueblo; habían dormido en los bosques, a poca distancia de las casas, hasta la hora del alba, y entonces se habían deslizado por entre callejuelas desiertas y habían dormido lo que les faltaba de sueño en la galería de la iglesia, entre un caos de bancos perniquebrados.
Durante el desayuno, el lunes por la mañana, tía Polly y Mary se deshicieron en amabilidades con Tom y en agasajarle y servirle. Se habló mucho, y en el curso de la conversación dijo tía Polly:
-La verdad es que no puede negarse que ha sido un buen bromazo, Tom, tenernos sufriendo a todos casi una semana, mientras vosotros lo pasabais en grande; pero ¡qué pena que hayas tenido tan mal corazón para dejarme sufrir a mí de esa manera! Si podías venirte sobre un tronco para ver tu funeral, también podías haber venido y haberme dado a entender de algún modo que no estabas muerto, sino únicamente de escapatoria.
-Sí, Tom, debías haberlo hecho -dijo Mary, y creo que no habrías dejado de hacerlo si llegas a pensar en ello.
-¿De veras, Tom? -dijo tía Polly con expresión de viva ansiedad- Dime, ¿lo hubieras hecho si llegas a acordarte?

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