Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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Tom Sawyer avanzó con presuntuosa confianza y se lanzó en el inextinguible discurso «O libertad o muerte» con briosa furia y frenética gesticulación, y se atascó a la mitad. Un terrible pánico le sobrecogió de pronto, las piernas le flaquearon y le faltaba la respiración. Verdad es que tenía la manifiesta simpatía del auditorio..., pero también su silencio, que era aún peor que la simpatía. El maestro frunció el ceño, y esto colmó el desastre. Aún luchó un rato, y después se retiró, completamente derrotado. Surgió un débil aplauso, pero murió al nacer.
Siguieron otras conocidas joyas del género declamatorio; después hubo un concurso de ortografía; la reducida clase de latín recitó meritoriamente. El número más importante del programa vino después: «Composiciones originales», por las señoritas. Cada una de éstas, a su vez, se adelantó hasta el borde del tablado, se despejó la garganta y leyó su trabajo, con premioso y aprensivo cuidado en cuanto a «expresión» y puntuación. Los temas eran los mismos que habían sido dilucidados en ocasiones análogas, antes que por ellas, por sus madres, sus abuelas a indudablemente por toda su estirpe, en la línea femenina hasta más allá de las Cruzadas. «La amistad» era uno, «Recuerdos del pasado», «La Religión en la Historia», «Las ventajas de la instrucción», «Comparación entre las formas de gobierno», «Melancolía», «Amor filial», «Anhelos del corazón», etcétera, etcétera.
Una característica que prevalecía en esas composiciones era una bien nutrida y mimada melancolía; otra, el pródigo despilfarro de «lenguaje escogido»; otra, una tendencia a traer arrastradas por las orejas frases y palabras de especial aprecio, hasta dejarlas mustias y deshechas de cansancio; y una conspicua peculiaridad, que les ponía el sello y las echaba a perder, era el inevitable a insoportable sermón que agitaba su desmedrada cola al final de todas y cada una de ellas. No importa cuál fuera el asunto, se hacía un desesperado esfuerzo para buscarle las vueltas y presentarlo de modo que pudiera parecer edificante a las almas morales y devotas. La insinceridad, que saltaba a los ojos, de tales sermones no fue suficiente para desterrar esa moda de las escuelas, y no lo es todavía; y quizá no lo sea mientras el mundo se tenga en pie. No hay ni una sola escuela en nuestro país en que las señoritas no se crean obligadas a rematar sus composiciones con un sermón; y se puede observar que el sermón de la muchacha más casquivana y menos religiosa de la escuela es siempre el más largo y el más inexorablemente pío.

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