Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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Ni mis llorosos ojos de volver, hacia ti,
Pues no es de extraña tierra de la que ahora me alejo
Ni extraños los que pronto se apartarán de mí.
Porque mi hogar estaba en tu seno, Alabama,
Cuyos valles y torres de vista perderé.
Y si te abandonase sin dolor en el alma
Cual de bronce serían mi cabeza y mi «coeur[L5]».

Había allí muy pocos que supieran lo que «coeur» significaba; no obstante, el poema produjo general satisfacción.
Apareció en seguida una señorita de morena tez, ojinegra y pelinegra, la cual permaneció silenciosa unos impresionantes momentos, asumió una expresión trágica, y empezó a leer con pausado tono:

UNA VISION

Lóbrega y tempestuosa era la noche. En el alto trono del firmamento no fulgía una sola estrella; pero el sordo retumbar del trueno vibraba constantemente en los oídos, mientras los cárdenos relámpagos hendían la nebulosa concavidad del cielo y parecían burlarse del poder ejercido sobre su terrible potencia por el ilustre Franklin. Hasta los bramadores vientos, abandonando sus místicas moradas, se lanzaron, rugiendo, por doquiera, como para aumentar con su ayuda el horror de la escena. En aquellos momentos de tinieblas, de espanto, mi espíritu suspiraba por hallar conmiseración en los humanos; pero en vez de ella,
«Mi amiga del alma, mi mentor, mi ayuda y mi guía, mi consuelo en las penas, y en mis gozos mi doble alegría», vino a mi lado. Movíase como uno de esos fiílgidos seres imaginados en los floridos senderos de un fantástico Edén por las almas románticas y juveniles. Tan leve era su paso, que no producía ningún ruido, y a no ser por el mágico escalofrío que producía su contacto se hubiera deslizado, como otras esquivas y rescatadas bellezas, ni advertida ni buscada. Una extraña tristeza se extendió sobre sus facciones, como heladas lágrimas en las vestiduras de diciembre, cuando me señaló los batalladores elementos a lo lejos y me invitó a que contemplase los dos seres que se aparecían...

Esta pesadilla ocupaba unas diez páginas manuscritas y acababa con un sermón tan destructivo de toda esperanza para los que no pertenecieran a la secta presbiteriana, que se llevó el primer premio. Esta composición fue considerada como el más meritorio trabajo de los leídos en la velada. El alcalde, al entregar el premio a la autora, hizo un caluroso discurso, en el cual dijo que era aquello «lo más elocuente que jamás había oído, y que el propio Daniel Webster hubiera estado orgulloso de que fuera suyo».

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