Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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Hubo algunas fiestas de chicos y chicas, pero fueron pocas y tan placenteras que sólo sirvieron para hacer los penosos intervalos entre ellas aún más penosos.
Becky Thatcher se había ido a su casa de Constantinopla, a pasar las vacaciones con sus padres, y así, pues, no le quedaba a la vida ni una faceta con brillo.
El espantable secreto del asesinato era una crónica agonía. Era un verdadero cáncer, por la persistencia y el sufrimiento.
Después llegó el sarampión.
Durante dos largas semanas estuvo Tom prisionero, muerto para el mundo y sus acontecimientos. Estaba muy malo; nada le interesaba. Cuando al fin pudo tenerse en pie y empezó a vagar, decaído y débil, por el pueblo, vio que una triste mudanza se había operado en todas las cosas y en todas las criaturas. Había habido un revival [L6]y todo el mundo se había «metido en religión». Tom recorrió el pueblo, esperando sin esperanza llegar a ver alguna bendita cara pecadora, pero en todas partes no encontró sino desengaños. Halló a Joe Harper enfrascado estudiando la Biblia, volvió la espalda y se alejó del deconsolador espectáculo. Buscó a Ben Rogers, y lo encontró visitando a los pobres, con una cesta de folletos devotos. Consiguió dar con Jim Hollis, el cual le invitó a considerar el precioso beneficio del sarampión como un aviso de la Providencia. Cada chico que encontraba añadía otra tonelada a su agobiadora pesadumbre; y cuando buscó al fin, desesperado, refugio en el seno de Huckleberry Finn y éste lo recibió con una cita bíblica, el corazón se le bajó a los talones, y fue arrastrándose hasta su casa y se metió en la cama, convencido de que él solo en el pueblo estaba perdido para siempre jamás.
Y aquella noche sobrevino una terrorífica tempestad con lluvia, truenos y espantables relámpagos. Se tapó la cabeza con la sábana y esperó, con horrenda ansiedad, su fin, pues no tenía la menor duda de que toda aquella tremolina era por él. Creía que había abusado de la divina benevolencia más allá de lo tolerable y que ése era el resultado. Debiera haberle parecido un despilfarro de pompa y municiones, como el de matar un mosquito con una batería de artillería; pero no veía ninguna incongruencia en que se montase una tempestad tan costosa como aquélla sin otro fin que el de soplar, arrancándolo todo del suelo, a un insecto como él.

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