Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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Poco a poco la tempestad cedió y se fue extinguiendo sin conseguir su objeto. El primer impulso del muchacho fue de gratitud a inmediata enmienda; el segundo, esperar..., porque quizá no hubiera más tormentas.
Al siguiente día volvió el médico: Tom había recaído. Las tres semanas que permaneció acostado fueron como una eternidad. Cuando al fin volvió a la vida no sabía si agradecerlo, recordando la soledad en que se encontraba, sin amigos, abandonado de todos. Echó a andar indiferente y taciturno, calle abajo, y encontró a Jim Hollis actuando de juez ante un Jurado infantil que estaba juzgando a un gato, acusado de asesinato, en presencia de su víctima: un pájaro. Encontró a Joe Harper y Huck Finn retirados en una calleja comiéndose un melón robado. ¡Pobrecillos! Ellos también, como Tom, habían recaído.

CAPÍTULO XXIII

A1 fin sacudió el pueblo su somnoliento letargo, y lo hizo con gana. En el tribunal se iba a ver el proceso por asesinato. Aquello llegó a ser el tema único de todas las conversaciones. Tom no podía sustraerse a él. Toda alusión al crimen le producía un escalofrío, porque su conciencia acusadora y su miedo le persuadían de que todas esas alusiones no eran sino anzuelos que se le tendían; no veía cómo se podía sospechar que él supiera algo acerca del asesinato; pero a pesar de eso no podía sentirse tranquilo en medio de esos comentarios y cabildeos. Vivía en un continuo estremecimiento. Se llevó a Huck a un lugar apartado, para hablar del asunto. Sería un alivio quitarse la mordaza por un rato, compartir su carga de cuidados con otro infortunado. Quería además estar seguro de que Huck no hubiera cometido alguna indiscreción.
-Huck, ¿has hablado con alguien de aquello?
-¿De cuál?
Ya sabes de qué.
-¡Ah! Por supuesto que no.
-¿Ni una palabra?
-Ni media; y si no, que me caiga aquí mismo. ¿Por qué lo preguntas?
-Pues porque tenía miedo.
-Vamos, Tom Sawyer; no estaríamos dos días vivos si eso se descubriera. Bien lo sabes tú.
Tom se sintió más tranquilo. Después de una pausa dijo:
-Huck, nadie conseguiría hacer que lo dijeras, ¿no es eso?
-¿Hacer que lo dijera? Si yo quisiera que aquel mestizo me ahogase, podían hacérmelo decir. No tendrían otro camino.
-Entonces, está bien. Me parece que estamos seguros mientras no abramos el pico. Pero vamos a jurar otra vez. Es más seguro.

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