Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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-Conforme.
Y juraron de nuevo con grandes solemnidades.
-¿Qué es lo que dicen por ahí, Huck? Yo he oído la mar de cosas.
-¿Decir? Pues nada más que de Muff Potter, Muff Potter y Muff Potter todo el tiempo. Me hace estar siempre en un trasudor; así que quiero ir a esconderme por ahí.
-Pues lo mismo me pasa a mí. Me parece que a ése le dan pasaporte. ¿No te da lástima de él algunas veces?
-Casi siempre..., casi siempre. El no vale para nada; pero tampoco hizo mal nunca a nadie. No hacía más que pescar un poco para coger dinero y emborracharse... y ganduleaba mucho de aquí para allá; pero, ¡Señor! todos ganduleamos...; al menos, muchos de nosotros: predicadores y gente así. Pero tenía cosas de bueno: me dio una vez medio pez, aunque no había bastante para dos; y muchas veces, pues como si me echase una mano cuándo yo no estaba de suerte.
-Pues a mí me componía las cometas, Huck, y me ataba los anzuelos a la tanza. ¡Si pudiéramos sacarlo de allí!
-¡Ca! No podemos sacarlo, Tom; y, además, le volverían a echar mano en seguida.
-Sí, lo cogerían. Pero no puedo aguantarlos al oírles hablar de él como del demonio, cuando no fue él quien hizo... aquello.
-Lo mismo me pasa, Tom, cuando les oigo decir que es el mayor criminal de esta tierra y que por qué no lo habrían ahorcado antes.
-Sí, siempre están diciendo eso. Yo les he oído que si le dejasen libre lo lincharían.
-Ya lo creo que sí.
Los dos tuvieron una larga conversación, pero les sirvió de escaso provecho. Al atardecer se encontraron dando vueltas en la vecindad de la solitaria cárcel, acaso con una vaga esperanza de que algo pudiera ocurrir que resolviera sus dificultades. Pero nada sucedió: no parecía que hubiera ángeles ni hadas que se interesasen por aquel desventurado cautivo.
Los muchachos, como otras veces habían hecho, se acercaron a la reja de la celda y dieron a Potter tabaco y cerillas. Estaba en la planta baja y no tenía guardián.
Ante su gratitud por los regalos, siempre les remordía a ambos la conciencia, pero esta vez más dolorosamente que nunca. Se sintieron traicioneros y cobardes hasta el último grado cuando Potter les dijo:
-Habéis sido muy buenos conmigo, hijos; mejores que ningún otro del pueblo. Y no lo olvido, no.

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