Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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Ambos sexos estaban representados por igual en el compacto auditorio. Después de una larga espera entró el Jurado y ocupó sus puestos; poco después, Potter, pálido y huraño, tímido a inerte, fue introducido, sujeto con cadenas; y sentado donde todos los ojos curiosos pudieran contemplarle; no menos conspicuo aparecía Joe el Indio, impasible como siempre. Hubo otra espera, y llegó el juez, y el sheriff declaró abierta la sesión. Siguieron los acostumbrados cuchicheos entre los abogados y el manejo y reunión de papeles. Esos detalles y las tardanzas y pausas que los acompañaban iban formando una atmósfera de preparativos y expectación, tan impresionante como fascinadora.
Se llamó a un testigo, el cual declaró que había encontrado a Muff Potter lavándose en el arroyo en las primeras horas de la madrugada, el día en que el crimen fue descubierto, y que inmediatamente se alejó esquivándose. Después de algunas preguntas, el fiscal dijo:
-Puede interrogarle la defensa.
E1 acusado levantó los ojos, pero los volvió a bajar cuando su defensor dijo:
-No tengo nada que preguntarle.
El testigo que compareció después declaró acerca de haberse encontrado la navaja al lado del cadáver. El fiscal dijo:
-Puede interrogarle la defensa.
-Nada tengo que preguntarle.
Un tercer testigo juró que había visto a menudo la navaja en posesión de Muff Potter.
El abogado defensor también se abstuvo de interrogarle.
En todos los rostros del público empezó a traslucirse el enojo. ¿Se proponía aquel abogado tirar por la ventana la vida de su cliente sin hacer un esfuerzo por salvarle?
Varios testigos declararon sobre la acusadora actitud observada por Potter cuando lo llevaron al lugar del crimen. Todos abandonaron el estrado sin ser examinados por la defensa.
Todos los detalles, abrumadores para el acusado, de lo ocurrido en el cementerio en aquella mañana, que todos recordaban tan bien, fueron relatados ante el tribunal por testigos fidedignos; pero ninguno de ellos fue interrogado por el abogado de Potter. El asombro y el disgusto del público se tradujo en fuertes murmullos, que provocaron una reprimenda del juez. El fiscal dijo entonces:
-Bajo el juramento de ciudadanos cuya mera palabra está por encima de toda sospecha, hemos probado, sin que haya posibilidad de duda, que el autor de este horrendo crimen es el desgraciado prisionero que está en ese banco. No tengo nada que añadir a la acusación.
El pobre Potter exhaló un sollozo, se tapó la cara con las manos y balanceaba su cuerpo atrás y adelante, mientras un angustioso silencio prevalecía en la sala.

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