Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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Estaba seguro de que no volvería ya a respirar tranquilo hasta que aquel hombre muriera y él viese el cadáver.
Se habían ofrecido recompensas por la captura, se había rebuscado por todo el país; pero Joe el Indio no aparecía. Una de esas omniscientes y pasmosas maravillas, un detective, vino de San Luis; olisqueó por todas partes, sacudió la cabeza, meditó cejijunto, y consiguió uno de esos asombrosos éxitos que los miembros de tal profesión acostumbran a alcanzar. Quiere esto decir que «descubrió una pista». Pero no es posible ahorcar a una pista por asesinato, y así es que cuando el detective acabó la tarea y se fue a su casa Tom se sintió exactamente tan inseguro como antes.
Los días se fueron deslizando perezosamente y cada uno iba dejando detrás, un poco aligerado, el peso de esas preocupaciones.


CAPÍTULO XXV

Llega un momento en la vida de todo muchacho rectamente constituido en que siente un devorador deseo de ir a cualquier parte y excavar en busca de tesoros. Un día, repentinamente, le entró a Tom ese deseo. Se echó a la calle para buscar a Joe Harper, pero fracasó en su empeño. Después trató de encontrar a Ben Rogers: se había ido de pesca. Entonces se topó con Huck Finn, el de las Manos Rojas. Huck serviría para el caso. Tom se lo llevó a un lugar apartado y le explicó el asunto confidencialmente. Huck estaba presto. Huck estaba siempre presto para echar una mano en cualquier empresa que ofreciese entretenimiento sin exigir capital, pues tenía una abrumadora superabundancia de esa clase de tiempo que no es oro.
-¿En dónde hemos de cavar?
-¡Bah!, en cualquier parte.
-¿Qué?, los hay por todos lados.
-No, no los hay Están escondidos en los sitios más raros...; unas veces, en islas; otras, en cofres carcomidos, debajo de la punta de una rama de un árbol muy viejo, justo donde su sombra cae a media noche; pero la mayor parte, en el suelo de casas encantadas.
-¿Y quién los esconde?
-Pues los bandidos, por supuesto. ¿Qniénes creías que iban a ser? ¿Superintendentes de escuelas dominicales?
-No sé. Si fuera mío el dinero no lo escondería. Me lo gastaría para pasarlo en grande.
-Lo mismo haría yo; pero a los ladrones no les da por ahí: siempre lo esconden y allí lo dejan.
-¿Y no vuelven más a buscarlo?
-No; creen que van a volver, pero casi siempre se les olvidan las señales, o se mueren.

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