Las aventuras de Tom Sawyer (Mark Twain) Libros Clásicos

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-Es inútil -dijo Tom al fin-, Huck, nos hemos equivocado otra vez.
-Pues no podemos equivocarnos. Señalemos la sombra justo donde estaba.
-Ya lo sé, pero hay otra cosa.
-¿Cuál?
-Que no hicimos más que figurarnos la hora. Puede ser que fuera demasiado temprano o demasiado tarde.
Huck dejó caer la pala.
-¡Eso es! -dijo-. Ahí está el inconveniente. Tenemos que desistir de éste. Nunca podremos saber la hora justa y, además, es cosa de mucho miedo a esta hora de la noche, con brujas y aparecidos rondando por ahí, de esa manera. Todo el tiempo me está pareciendo que tengo alguien detrás de mí, y no me atrevo a volver la cabeza porque puede ser que haya otro delante, aguardando la ocasión. Tengo la carne de gallina desde que estoy aquí.
-También a mí me pasa lo mismo, Huck. Casi siempre meten dentro un difunto cuando entierran un tesoro debajo de un árbol, para que esté allí guardándolo.
-¡Cristo!
-Sí que lo hacen. Siempre lo oí decir.
Tom, a mí no me gusta andar haciendo tonterías donde hay gente muerta. Aunque uno no quiera, se mete en enredos con ellos; tenlo por seguro.
-A mí tampoco me gusta hurgarlos. Figúrate que hubiera aquí uno y sacase la calavera y nos dijera algo.
-¡Cállate, Tom! Es terrible.
-Sí que lo es. Yo no estoy nada tranquilo.
-Oye, Tom, vamos a dejar esto y a probar en cualquier otro sitio.
-Mejor será.
-¿En cuál?
-En la casa encantada.
-¡Que la ahorquen! No me gustan las casas con duendes. Son cien veces peores que los difuntos. Los muertos puede ser que hablen, pero no se aparecen por detrás con un sudario cuando está uno descuidado, y de pronto sacan la cabeza por encima del hombro de uno y rechinan los dientes como los fantasmas saben hacerlo. Yo no puedo aguantar eso, Tom; ni nadie podría.
-Sí, pero los fantasmas no andan por ahí más que de noche; no nos han de impedir que cavemos allí por el día.
-Está bien. Pero tú sabes de sobra que la gente no se acerca a la casa encantada ni de noche ni de día.
-Eso es, más que nada, porque no les gusta ir donde han matado a uno. Pero nunca se ha visto nada de noche por fuera de aquella casa: sólo alguna luz azul que sale por la ventana; no fantasmas de los corrientes.

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